♕ Martina
Cuento 49

El Ogro de Bakú y el Volcán de las Dos Torres

Donde el viento helado del Mar del Norte azota las ventanas de Wijk aan Zee en 1999, Peoncito descubre que jugar contra Garry Kasparov es como invitar a un dragón a tomar el té, y Martina desata la cacería táctica más asombrosa del siglo

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Hay ajedrecistas que juegan como científicos que examinan una gota de agua con un microscopio. Otros juegan como poetas melancólicos que esperan que caiga la tarde. Y luego está Garry Kasparov. Jugar al ajedrez contra Garry Kasparov no se parece a nada de eso: se parece a estar sentado dentro de un cráter activo mientras la lava empieza a burbujear y alguien te dice con una sonrisa feroz que el reloj digital ya está descontando tus minutos.

Martina, con sus lentes bien sujetos, sus shorts de vóley y su polera favorita —en la que un robot sonriente remataba con jaque mate a un circuito integrado—, había dejado sobre su velador el pequeño cuaderno de notas de Niza. Había aprendido con Karpov el misterio de la paciencia, pero la sangre táctica de Martina no estaba hecha de hielo. Su corazón latía al ritmo de Judith Polgar: con el deseo irrefrenable de atacar, de clavar piezas en diagonales abiertas, de prenderle fuego a las posiciones tranquilas hasta que solo quedara en pie la verdad geométrica de la victoria.

—Si hoy no hay sacrificios ruidosos, presento mi renuncia formal como peón de cristal —anunció Peoncito, ajustándose su mostacho postizo con un poco de dulce de leche para que no se le volara—. Karpov me tenía los nervios de punta con tanta boa y tanta boa. Mis bigotes necesitan pólvora, Martina. ¡Pólvora y fanfarrias!

El Reloj Parlante, acomodado en el centro del tablero de la alfombra sobre la casilla d4, hizo sonar una alarma que sonó exactamente como el claxon de un barco de carga en medio de la niebla.

—¡Abríguense las orejas y agarren sus bufandas! —chilló el cronómetro metálico, cuyas manecillas giraban hacia atrás a la velocidad de una hélice de avión—. Próxima parada: enero de 1999, costa de los Países Bajos, torneo de Wijk aan Zee. Afuera hay gaviotas congeladas y olas gigantescas de espuma gris; adentro, en la sala de juego, la temperatura está a cuatrocientos grados bajo cero hasta que un señor de cejas tupidas y mirada de volcán se sienta frente al tablero. ¡Le dicen el Ogro de Bakú, y no acostumbra pedir perdón por los jaques!

Martina y Garry Kasparov frente a frente en Wijk aan Zee 1999

Wijk aan Zee, enero de 1999. El viento del Mar del Norte ruge afuera mientras Garry Kasparov y Martina desatan una tormenta sobre el tablero.

Cuando el torbellino del tiempo se detuvo, Martina y Peoncito no cayeron en un palacio zarista ni en una plaza colonial soleada. Estaban en el gran salón de Wijk aan Zee. A través de los inmensos ventanales de vidrio se veía el tempestuoso Mar del Norte: olas grises coronadas de espuma blanca que se estrellaban contra las dunas holandesas. En la sala flotaba un aroma a café recién filtrado y a madera encerada. Y al otro lado de la mesa número uno, sentado con los codos apoyados y las mangas de la camisa arremangadas hasta los antebrazos, estaba el decimotercer Campeón del Mundo: Garry Kasparov.

Kasparov no esperaba a que empezara la partida: parecía emitir un zumbido eléctrico, como una planta de energía que alimenta a una ciudad entera. Sus ojos oscuros se clavaron en Martina, luego bajaron al pequeño peón de cristal con bigote postizo, y una sonrisa electrizante iluminó su rostro curtido.

—Una niña con lentes y zapatillas de goma —dijo Kasparov con una voz profunda, enérgica como un trueno distante—. Y un peón con mostacho falso. Me dijeron que venías del futuro, Martina. Me dijeron que estudias las partidas de Judith Polgar y que sueñas con los incendios de Mikhail Tal. Pues déjame decirte una cosa: la fantasía sin cálculo es humo. Para quemar el tablero, primero hay que tener un cerebro de acero que calcule veinte jugadas adelante sin pestañear. ¿Estás lista para entrar al ojo del huracán?

—Llevo estudiando tu Defensa Pirc desde los siete años, señor Kasparov —respondió Martina con serenidad absoluta, apoyando las manos sobre la mesa y mirándolo sin pestañear—. Y Judith siempre dice que contra los campeones mundiales no se pide permiso: se ocupa el centro y se juega con el cuchillo entre los dientes.

—¡Bien dicho! —rugió Kasparov con una carcajada que hizo vibrar las piezas en las mesas vecinas—. ¡Tú juegas con las blancas! ¡Enséñame de qué está hecho ese futuro!

El reloj digital emitió su suave pitido reglamentario. Martina tomó su peón de rey con mano firme: 1. e4. Kasparov respondió al instante, desafiante y asimétrico: 1... d6. La lucha se encendió de inmediato: 2. d4 Cf6 3. Cc3 g6 4. Ae3 Ag7 5. Dd2 c6 6. f3 b5 7. Cge2 Cbd7 8. Ah6!

El cambio de alfiles desnudó el enroque de las negras. Martina enrocó largo sin vacilar: 9. Axg7 Cxg7 10. 0-0-0! El tablero era un polvorín: peones blancos avanzando en el flanco de rey con h4, peones negros galopando en el flanco de dama con b4 y a5. Era una carrera a muerte entre dos ejércitos que no pensaban retroceder ni una sola casilla.

—¡Madre mía de las sesenta y cuatro casillas! —susurró Peoncito, aferrándose al borde del reloj mientras el viento helado golpeaba los cristales del salón—. Esto no es ajedrez, Martina. ¡Esto es una estampida de rinocerontes en patines!

Martina no pestañeaba. Calculaba variantes como una supercomputadora programada con la furia creadora de Tal. Tras 15. Df2! y la apertura de líneas centrales, Kasparov lanzó a su rey a una peligrosa caminata central para coordinar su defensa: 23... Rb7. El salón entero se quedó en absoluto silencio. Incluso los grandes maestros de las mesas de al lado se pusieron de pie. La posición parecía un laberinto enmarañado. Cualquier jugador normal habría doblado torres o jugado con cautela. Pero Martina no era una jugadora normal.

Martina vio la luz. Una combinación profunda, salvaje, que exigía entregar no un peón, ni un caballo, sino la pieza más sagrada de la defensa: la torre de d1. Con una sonrisa de pura felicidad, levantó su torre y la estrelló en d4: 24. Txd4!!

Un murmullo de asombro recorrió la sala. —¡Sacrificio de torre en d4! —gritó el Reloj Parlante, agitando sus campanas de bronce—. ¡El volcán acaba de hacer erupción y las cenizas están cayendo sobre Ámsterdam!

Kasparov entrecerró los ojos. Sus cejas se juntaron como dos nubarrones negros. Aceptó el reto con 24... cxd4, convencido de que su rey encontraría refugio. Pero Martina no le dio ni medio segundo de respiro. Tomó su segunda torre y la incrustó en la séptima fila: 25. Te7+!

La erupción táctica de Kasparov y Martina con el sacrificio de torre

24. Txd4!! seguido de 25. Te7+! Una cacería de rey que arrastra al monarca negro desde b7 hasta a4 en plena intemperie.

¡La segunda torre sacrificada! El rey negro no tenía escape hacia atrás: 25... Rb6 26. Dxd4+ Rxa5 27. b4+ Ra4. ¡El rey de Kasparov había sido arrastrado desde su cómodo castillo hasta la casilla a4, en la boca misma de los cañones blancos!

—¡Está en a4! —chilló Peoncito, con los ojos como platos de sopa—. ¡El rey del Campeón del Mundo está de turista en una esquina del tablero comiendo galletas saladas! ¡Martina, por el amor de Judit Polgar, dale el golpe de gracia!

Kasparov contraatacaba como un león herido. Buscó contrajuego desesperado con 28... Dxd5 29. Ta7! Ab7 30. Txb7 Dc4, amenazando mate y perpetuo. Pero la mente de Martina tenía la precisión de un bisturí láser: 31. Dxf6! Rxa3 32. Dxa6+ Rxb4 33. c3+! Rxc3 34. Da1+ Rd2 35. Db2+ Rd1.

Y entonces llegó la jugada más silenciosa y letal de la historia del ajedrez moderno. Martina no dio otro jaque precipitado. Deslizó su alfil a f1: 36. Af1!! Una clavada geométrica y una sobrecarga total. La dama negra no podía abandonar la defensa, y la torre blanca remató con 37. Td7!! Txd7 38. Axc4 bxc4 39. Dxh8.

La ventaja era decisiva. Tras una cacería implacable por todo el flanco de dama, Martina colocó su dama en la casilla a7 con suavidad celestial: 44. Da7. 1-0.

Durante tres segundos no se oyó ni el rumor del oleaje. Garry Kasparov miró la posición final. Miró a su rey solitario acorralado en el centro. Miró la dama blanca dominando el horizonte. Y de pronto, golpeó la mesa con las palmas abiertas, se puso de pie de un salto y soltó una carcajada homérica que retumbó por todo el salón holandés.

—¡Bravo! ¡Magnífico! ¡Brillante! —bramó el Ogro de Bakú, estrechando la mano de Martina con tal fuerza que casi le desajusta el reloj pulsera—. ¡Eso no fue solo cálculo, Martina! ¡Eso fue arte puro! Mikhail Tal estaría bailando sobre esta mesa si viera ese alfil en f1. Muchos jugadores creen que el ataque es solo tirar piezas hacia adelante. Tú entendiste el secreto: el ataque más hermoso es aquel donde cada sacrificio está sostenido por una columna de hierro.

Kasparov metió la mano en el bolsillo de su saco y sacó un pequeño alfiler dorado con la forma de una torre almenada de la que brotaban dos diminutas llamaradas de rubí.

—Llévate esto, pequeña gran maestra del futuro —dijo el campeón con una reverencia respetuosa—. Para que nunca olvides que cuando un ajedrecista combina la audacia con el cálculo absoluto, ni el mismísimo campeón del mundo puede apagar el fuego.

Peoncito infló el pecho, haciendo que su bigote de dulce de leche casi tocara el techo. —¡Y dígale a sus cronistas que el peón con mostacho no tuvo que coronar para ser una leyenda! —agregó el peoncito, haciendo una reverencia cómica que casi lo hace rodar por el suelo.

El Reloj Parlante repicó en d4, envolviendo el salón de Wijk aan Zee en una bruma dorada que olía a sal marina, a café holandés y a victoria épica.

Cuando Martina abrió los ojos en su cama, la luz de la mañana entraba filtrándose por la persiana. Sobre su escritorio, al lado de su tablero de entrenamiento, descansaba la pequeña torre dorada con llamaradas de rubí. Ese fin de semana jugaba la ronda final del torneo metropolitano. Se acomodó los lentes, se calzó sus zapatillas y sonrió con picardía: si alguien intentaba encerrarla en una posición aburrida, ella ya sabía exactamente cómo encender el volcán.

🏛️ La Partida Inmortal de Kasparov (Wijk aan Zee, 1999)

El 20 de enero de 1999, durante el prestigioso torneo Corus en Wijk aan Zee (Holanda), Garry Kasparov (con blancas) y Veselin Topalov (con negras) disputaron la que muchos historiadores consideran la mejor partida de ataque de todos los tiempos. Tras la audaz marcha del rey negro hacia el centro, Kasparov desató un doble sacrificio de torre iniciado con 24. Txd4!! y 25. Te7+!, arrastrando al monarca adversario en una cacería que culminó con la inmortal jugada tranquila 36. Af1!! y el triunfo blanco tras 44 jugadas.

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