Martina
Cuento 1

El Primer Movimiento

Donde Martina conoce a un peón con bigote, una torre que vende empanadas, y le hace jaque mate a una reina que estornuda

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Aquella noche, Martina se quedó dormida repasando mentalmente su Defensa Siciliana. Sus dedos danzaban sobre las sábanas como si movieran piezas invisibles. «El negro no busca igualar —murmuró entre sueños—. El negro busca contraatacar.»

No supo en qué momento exacto las sábanas se volvieron cuadros blancos y negros. Solo supo que, de pronto, estaba de pie sobre un tablero que se extendía hasta donde alcanzaba la vista. El suelo alternaba casillas de mármol claro y obsidiana pulida. El cielo era un tablero invertido: nubes cuadradas, estrellas ordenadas en filas y columnas (excepto una estrella rebelde en la casilla h12 que titilaba en diagonal).

Un paisaje mágico con un tablero de ajedrez infinito

—Alto ahí —dijo una voz que intentaba ser imponente pero sonaba a pito de plástico.

Martina giró. Frente a ella había un peón de cristal, translúcido, del tamaño de un niño pequeño. Tenía algo extraño: un bigote espeso, negro y perfectamente encerado, tan desproporcionado que parecía un manubrio de bicicleta pegado bajo su diminuta nariz.

Peoncito, un peón de cristal con un gran bigote falso

—Me llamo Peoncito —dijo el peón, acomodándose el bigote con gesto teatral—. Peoncito del Reino de la Luz. Mucho gusto. No me mire el bigote. Es falso. Me lo puse porque estoy cansado de que nadie me tome en serio. Un peón sin bigote es invisible. Un peón con bigote... —hizo una pausa dramática— ...sigue siendo invisible pero con estilo.

Martina lo miró fijamente. Luego miró el bigote. Luego a Peoncito. Luego otra vez el bigote, que en ese momento empezó a despegarse lentamente por la esquina izquierda.

—Se te está cayendo el bigote —dijo Martina.

—No se me está cayendo nada —respondió Peoncito, y con una mano diminuta se lo volvió a aplastar contra la cara—. Es un bigote de pensador. Se mueve cuando pienso. Y yo pienso mucho.

—Ajá. ¿Y dónde estoy?

—En el Reino de las Sesenta y Cuatro Casillas —dijo Peoncito, y el bigote se le volvió a despegar—. Tenemos un problema. Un problema muy, muy grande. Más grande que mi bigote. Y mi bigote es enorme.

—Los problemas grandes son mis favoritos —dijo Martina, y era verdad.

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Empezaron a caminar por el tablero infinito. Peoncito se movía de uno en uno, obviamente, porque «yo soy un peón, no un trasatlántico». Martina tuvo que esperarlo diecisiete veces. En el camino, Peoncito le explicó:

—El reino está dividido por el Gran Río Central —señaló cuatro casillas de ancho que brillaban con agua de mercurio—. d4, e4, d5 y e5. El centro. El que controla el centro, controla el reino. El que controla el reino, controla el universo. El que controla el universo... bueno, ese ya es mi tío segundo, pero no viene al caso.

—¿Tu tío controla el universo?

—No. Vende seguros. Pero se cree muy importante. Debe ser algo de familia.

Martina iba a preguntar algo más cuando un olor glorioso la detuvo en seco. Era un aroma que bailaba entre el orégano, el tomate cocido y algo vagamente... ajedrecístico.

—Ah, ya llegamos —dijo Peoncito—. La parada obligatoria.

En la casilla c3 había un carrito de madera con ruedas de peón (literalmente: cuatro peones acostados haciendo de ruedas, que se quejaban cada vez que alguien pedía algo «para llevar»). Detrás del mostrador, una torre de piedra gris con delantal a cuadros blancos y negros atendía con expresión de quien ha visto demasiadas aperturas y muy pocos finales.

Torreta, una torre de piedra gris vendiendo empanadas

—¡Torretita! —gritó Peoncito—. ¡Dos empanadas!

—¿De qué las quiere? —preguntó la torre con voz ronca—. Tengo Apertura Italiana con tomate y albahaca, Defensa Siciliana picante (pica en serio, una vez le hice juicio a un cliente), Gambito de Dama sin dama —la masa sola, porque la dama se fue—, y la especialidad de la casa: Fianchetto de alfil envuelto en masa de hojaldre. Esa última no la pide nadie, pero ahí está.

Martina parpadeó.

—¿Eres una torre que vende empanadas?

—Y usted es una niña que habla con una torre que vende empanadas —respondió la torre sin levantar la vista de la masa—. Todos tenemos nuestras cosas. ¿Quiere empanada o no?

—Dame una de Apertura Italiana —dijo Martina.

—Excelente elección —la torre le guiñó una almena—. Agresiva, clásica, con mucho centro. Como debe ser. ¿La quiere con peón coronado? Es un plus de queso.

—Con peón coronado.

La empanada estaba deliciosa. Mientras comían, Martina notó que uno de los peones-rueda llevaba bigote también.

—Es mi primo —dijo Peoncito con orgullo—. Él sí se quiere coronar dama. Yo solo quiero que me respeten.

—Para que te respeten no necesitas bigote —dijo Martina.

—Eso díselo a mi psicólogo. Cobra en escaques.

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Reanudaron la marcha. Peoncito le contó lo esencial: la Reina Negra gobernaba el sur con mano de hierro forrada en terciopelo. Su gran decreto había sido prohibir el jaque mate.

—Dice que perder es demasiado triste —explicó Peoncito—. Así que ahora todos los juegos terminan en tablas. La gente se aburre tanto que algunos peones piden que los capturen solo para sentir algo.

Martina se detuvo. El bigote de Peoncito casi se le sale volando.

—Eso es ridículo —dijo Martina—. El ajedrez sin mate no es ajedrez. Es como una empanada sin relleno. ¿Para qué existe?

—Eso mismo dijo un alfil una vez. Lo exiliaron a una diagonal de un solo color.

—¿Y qué pasó?

—Se volvió loco. Ahora solo se mueve en círculos. Dice que está reinventando la geometría. Nadie le cree.

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Llegaron al borde del Gran Río Central. Al otro lado se alzaba el castillo de la Reina Negra: torres que eran realmente torres, alfiles que sostenían el techo con sus mitras, y un caballo en la recepción que anotaba a los visitantes en una L mayúscula, porque «es la única letra que me enseñaron».

—Para cruzar necesitas jugar una partida contra la Reina Negra —dijo Peoncito, y su bigote tembló—. Y ella juega a no perder. Es su especialidad. Una vez empató contra una pared. La pared pidió revancha y también fue tablas.

—Yo no juego a empatar —dijo Martina.

—Eso dijeron todos —suspiró Peoncito—. Pero luego la Reina Negra te cambia las damas, te bloquea el centro, te ofrece tablas con una sonrisa educada y tú, sin saber cómo, terminas aceptando. Es como cuando te ofrecen una galleta sin azúcar: técnicamente es una galleta, pero tu alma sabe que no.

Martina ya estaba cruzando el puente.

—¡Espera! —chilló Peoncito—. ¡Que no te dije lo del estornudo!

—¿Qué estornudo?

—La Reina Negra es alérgica al jaque mate. Literalmente. Una vez, hace siglos, alguien le hizo mate en tres jugadas y ella estornudó durante una semana. Desde entonces lo prohibió. Dice que es por el bienestar emocional del reino, pero en realidad es por sus alergias. Tiene un certificado médico falso y todo.

Martina sonrió. No una sonrisa cualquiera: la sonrisa de quien acaba de entender exactamente lo que tiene que hacer.

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El puente era una columna de casillas suspendida sobre un abismo de niebla plateada. A mitad de camino, Martina se cruzó con un caballo que practicaba saltos en L.

—Perdón —dijo el caballo—. ¿Viste si salté en L o en J? Es que estoy entrenando y a veces me confundo.

—Saltaste en L —dijo Martina.

—Menos mal. La semana pasada salté en Ŋ y todavía me duele el orgullo.

—¿Ŋ? Esa letra no existe.

—Por eso me dolió.

Más adelante, un reloj de ajedrez colgaba de un poste con una nota: «Se regala. Explica la teoría de la relatividad cada vez que alguien se queda sin tiempo. Motivo: nos tiene hartos.»

Martina lo ignoró. Ya tenía suficientes relojes en los torneos.

Al pisar la última casilla del puente, sintió que el mundo se reconfiguraba. Ya no era una niña: era una jugadora frente al tablero más importante de su vida. Las piezas blancas aparecieron ante ella como esculturas de luz. Las negras, frente a la Reina, eran de sombra sólida, como carbón tallado.

La Reina Negra estaba allí, alta, de terciopelo oscuro. Su corona no era de oro sino de pañuelos desechables. Tenía uno en la mano, por si acaso.

La Reina Negra estornudando con una corona de pañuelos

—Una visitante —dijo, y su voz era un susurro afilado—. Qué inesperado. ¿Vienes a jugar? Te advierto que aquí solo se permite empatar. Es más civilizado. Más higiénico. Menos... estornudable.

—Me contaron lo de tu alergia —dijo Martina.

La Reina Negra se puso rígida.

—No sé de qué hablas.

—De que te da alergia el jaque mate. Como a mí el polen, pero con más dramatismo.

—Eso es... —la Reina Negra buscó la palabra—... difamación. Y aunque fuera cierto, que no lo es, la prohibición se mantiene por el bien del reino. Nadie debería sentirse mal por perder.

—Perder no es sentirse mal —dijo Martina—. Perder es aprender. Sentirse mal es jugar a no ganar nunca.

La Reina Negra apretó el pañuelo. Hizo un gesto con la mano y las piezas se colocaron en posición inicial.

—Veremos qué dices cuando te ofrezca tablas en la jugada quince —murmuró.

—No llegarás a la quince —dijo Martina.

Un peón negro (también con bigote, notó Martina; era una epidemia) dio un paso adelante y anunció con voz de pregonero:

—¡Primer movimiento! ¡Juéguenlo ya, que tengo el almuerzo en media hora!

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Martina jugó e4. Su peón de rey saltó dos casillas como un resorte.

La Reina Negra respondió e5. Simétrica. Sólida. La jugada de quien pide lo mismo que el comensal anterior en un restaurante para no arriesgarse.

Martina adelantó su caballo a f3. La Reina defendió con Cc6. Martina llevó su alfil a c4. La Apertura Italiana.

—La Italiana —dijo la Reina Negra con desdén—. Qué... optimista. Como pedir una ensalada en un asado.

—Como ponerle tomate a la empanada —respondió Martina—. Parece raro y funciona.

La Reina Negra arrugó la nariz. No entendió la referencia. Nunca había comido una empanada. Solo comía piezas capturadas con salsa blanca, que era lo más aburrido que Martina había oído en su vida.

Para la jugada ocho, Martina ya tenía todas sus piezas menores en juego. Sus alfiles cruzaban el tablero como flechas. Su caballo en f3 y su dama en e2 formaban una batería: la dama detrás del caballo, como un director de orquesta que todavía no levanta la batuta pero ya todos saben que va a sonar fuerte.

La Reina Negra, fiel a su estilo, había cambiado dos caballos como quien barre migas de la mesa. Todo limpio. Todo simétrico. Todo... sin alma.

Entonces Martina recordó las palabras que tanto amaba:

—Mikhail Tal dijo una vez —susurró—: «Debes llevar a tu oponente a un bosque oscuro donde dos más dos sean cinco, y donde el camino de salida sea tan estrecho que solo uno pueda escapar.»

«También dijo —pensó Martina— que le gustaba jugar contra rivales que estornudan, porque así el tablero se limpia solo.» Pero esto último probablemente no lo dijo Tal. Lo acababa de inventar ella. Y le gustó.

Era hora de entrar al bosque.

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Martina había permitido que la Reina Negra capturara no una, sino sus dos torres. La última de ellas, la torre de a1, acababa de ser engullida por el alfil negro.

La Reina Negra parpadeó. Por primera vez, el pañuelo se le cayó al suelo.

—Te has quedado sin torres —dijo, y su voz sonó mezclada con sorpresa y desdén—. Estás jugando como quien regala el postre antes de la sopa.

—Ahora no tengo torres —dijo Martina—. Pero mira bien.

Y en el tablero, las piezas blancas empezaron a brillar. Martina veía líneas de colores: el alfil en c4 apuntaba a f7, la dama en b3 estaba lista para entrar en acción. La codicia de la Reina Negra la había llevado a una trampa que tenía más de cuatrocientos años. Una trampa del mismísimo Gioachino Greco, jugada en 1620.

—Judith Polgar enseñó que no existen las jugadas inocentes —dijo Martina—. Y Mikhail Tal nos enseñó que a veces, para llevar a tu rival a un bosque oscuro, tienes que dejarle el camino lleno de piezas de regalo.

Dicho esto, Martina sacrificó su alfil.

Axf7+.

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El tablero vibró como un gong. El puente crujió. Las piezas negras temblaron tanto que un peón se cayó de lado y tuvo que ser levantado por sus compañeros (el del bigote y su primo, que justo pasaban por ahí).

La Reina Negra miró la jugada, incrédula. El alfil blanco acababa de estrellarse contra f7 con jaque. No podía capturarlo porque la dama de Martina en b3 lo protegía.

La Reina Negra no tuvo más remedio que mover su rey. Rf8.

—Ahora viene el verdadero bosque oscuro —anunció Martina.

Ag5. El alfil amenazaba a la dama negra. La Reina Negra jugó Ce7 para bloquear. Martina no dio tregua y saltó con su caballo al centro: Ce5. El rey negro corría de un lado a otro tras una tormenta de capturas: el alfil negro tomó en d4, Martina jugó Ag6... ¡y luego Df3+! Jaque de dama. La Reina Negra sacrificó alfiles para intentar sobrevivir, pero Martina implacable, tras tomar en f6, asestó el golpe final. Dxf6+. El rey negro fue forzado a e8.

Y entonces Martina, con la precisión quirúrgica que habría hecho aplaudir a Polgar, pronunció las palabras más bellas del ajedrez:

—Df7 mate.

La dama blanca aterrizó en f7. El rey negro no podía moverse a ninguna casilla. No podía huir. No podía pedir tablas. No podía fingir que no había pasado.

Jaque mate.

🏛️ El Secreto detrás del Cuento

El sacrificio de alfil que usó Martina para derribar las defensas de la Reina Negra es una de las tácticas documentadas más antiguas del ajedrez, conocida como el Sacrificio de Greco. Fue registrado alrededor del año 1620 por el jugador italiano Gioachino Greco. ¡Reproduce aquí mismo los movimientos exactos que él escribió hace más de 400 años!

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Hubo un silencio absoluto. Hasta el reloj de ajedrez del poste se calló (por primera vez en siglos).

Y entonces, la Reina Negra estornudó.

—¡ACHÍS!

No fue un estornudo cualquiera. Fue un estornudo de esos que hacen temblar las lámparas, que despeinan alfombras, que mandan peones a volar tres casillas. Peoncito, que miraba desde la orilla, tuvo que agarrarse el bigote con las dos manos.

—¡ACHÍS! ¡ACHÍS! ¡ACHÍS!

Tres estornudos seguidos. Uno por cada jugada del mate.

Cuando por fin se le pasó, la Reina Negra se quitó la corona de pañuelos. Estaba empapada. Y débil. Y, por primera vez en siglos, estaba... extrañamente contenta.

—Nunca... —dijo, sonándose la nariz con un peón que pasaba (no era de bigote; era un peón normal que justo iba al mercado)—. Nunca había sentido algo así. Es horrible y maravilloso al mismo tiempo. Como un resfrío con purpurina.

Martina se acercó y le ofreció un pañuelo limpio (siempre llevaba; era precavida).

—Eso que sentiste —dijo— no es la alergia. Es la emoción del jaque mate. La parte de atreverse a ganar y también la parte de aceptar perder. Las dos cosas juntas. Como la masa y el relleno.

—Como una empanada —murmuró la Reina Negra, y se sorprendió a sí misma usando una metáfora gastronómica. Quizás era hora de probar una.

—Exacto —dijo Martina—. El ajedrez no es solo protegerse. Es arriesgar. Es crear belleza. Es entrar al bosque oscuro sin saber si vas a salir.

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Algo maravilloso ocurrió. Las piezas negras del reino empezaron a recuperar color. No se volvieron blancas; cada una encontró su propio tono: plata, miel, azul noche, verde bosque. Hasta el alfil exiliado volvió moviéndose en círculos, pero ahora en círculos felices.

La torre de las empanadas cruzó el puente con su carrito (los peones-rueda iban cantando una canción de cancha) y le ofreció una empanada a la Reina Negra.

—De Gambito de Dama —dijo la torre—. La dama volvió.

La Reina Negra mordió la empanada y estornudó de nuevo, pero esta vez fue un estornudo de felicidad.

—Sabe a victoria —dijo.

—Sabe a tomate y queso —corrigió la torre—. Pero acepto la comparación poética.

Peoncito llegó corriendo (bueno, moviéndose de uno en uno, que es su velocidad máxima), con el bigote ya completamente despegado y ondeando como una bandera en la mano.

—¡Lo lograste! —gritó—. ¡Rompiste el maleficio! ¡Devolviste el jaque mate al reino! ¡Ahora puedo tirar este bigote ridículo!

Hizo una pausa.

—Aunque... me gusta. Me lo voy a quedar. Pero por elección, no por presión social. Eso es crecimiento personal.

Martina se agachó para quedar a su altura.

—Peoncito, un peón no necesita bigote para que lo respeten. Un peón necesita llegar al otro lado del tablero. Y para eso hay que avanzar, no esperar. Y cuando llegues, podrás convertirte en lo que quieras: dama, torre, alfil o caballo. O empanadero. Lo que tú elijas.

Peoncito se quedó pensando. El bigote, ahora torcido, le daba un aire filosófico.

—¿Puedo ser un peón con bigote que también es feliz?

—Puedes ser lo que quieras.

—Entonces quiero ser eso. Y también probar la empanada de Fianchetto, ya que nadie la pide. Alguien tiene que hacerlo.

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Martina sintió que el tablero bajo sus pies se volvía suave. Las casillas de mármol y obsidiana se transformaban en sábanas otra vez. El cielo cuadriculado se diluía en la luz tibia de una lamparita de noche.

—Espera —dijo Peoncito, y por un instante su voz fue la de su papá—. ¿Volverás al Reino de las Sesenta y Cuatro Casillas?

—Siempre vuelvo —dijo Martina, ya con los ojos cerrados, ya en la frontera del sueño—. Cada vez que me siento frente a un tablero, ya estoy allí.

—¿Y le vas a traer un pañuelo a la Reina Negra? Porque ahora que volvió el jaque mate, va a estornudar bastante.

—Le traeré una caja entera.

Y lo último que vio antes de dormirse del todo fueron las piezas de su propio ajedrez, en su mesita de noche, brillando con luz propia. Juraría que el peón de rey tenía un bigotito nuevo. Y que el caballo estaba practicando saltos en Ŋ. Pero eso ya sería demasiado, incluso para un sueño.

O quizás no.

Fin del primer cuento.
Continuará…

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