♕ Martina
Cuento 37

El Rey que Paseaba en Pantuflas

Donde el reloj parlante rompe las barreras del tiempo, un caballero victoriano con bastón insiste en que los reyes no deben esconderse, y Martina desata la clavada más hermosa del siglo XIX

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Aquella noche, Martina no podía dormir por culpa de una sola jugada. Estaba en su cama con la tablet encendida a brillo mínimo. Su profesor de ajedrez siempre repetía como un mantra: «Enrócate temprano, cuida a tu rey, no lo saques a pasear». Era la ley número uno de cualquier niño sensato. Y sin embargo, en la pantalla brillaba una partida de hacía más de cien años donde un señor bajito, gordo y con una barba descomunal llamado Wilhelm Steinitz había jugado su rey a la casilla e2 en pleno quinto movimiento, en medio de un tiroteo de piezas.

—O este hombre estaba completamente loco —murmuró Martina ajustándose los lentes en la oscuridad—, o no le tenía miedo a nada en este planeta. Me cae muy bien.

Cerró los ojos imaginando ese rey descarado caminando sin enroque. Y como suele ocurrir cuando Martina piensa demasiado en escaques rebeldes, el techo de su habitación comenzó a dividirse en sesenta y cuatro casillas blancas y negras.

⏳ ⏳ ⏳

Cuando abrió los ojos, no estaba en el palacio de la Reina Blanca ni a orillas del Gran Río Central. Estaba en la esquina de la casilla d4, junto al poste donde siempre colgaba el Reloj de ajedrez parlante.

El reloj, que tenía una esfera abollada y un letrero desteñido que ponía «SE REGALA (POR FAVOR LLÉVENSELO)», estaba balanceando su péndulo con frenesí.

—¡Nadie comprende la relatividad! —protestó el reloj al verla llegar—. Todos se quejan de los cinco segundos de incremento. Pero el tiempo no es una línea recta, jovencita; ¡es un tablero plegable! Si presionas mi botón izquierdo hacia abajo y jalas mi banderita roja hacia atrás exactamente en d4, no marcas caída de bandera... ¡marcas mil ochocientos ochenta y seis!

—¿Mil ochocientos ochenta y seis? —preguntó Martina con una chispa en los ojos—. ¿El año del primer campeonato mundial oficial?

—¡Exacto! —saltó una vocecita aguda desde detrás de una casilla negra.

Era Peoncito. El peón de cristal transparente llevaba su enorme bigote postizo negro (que ya empezaba a despegarse por la punta derecha) y, para la ocasión, se había encajado un diminuto sombrero de copa victoriano que le tapaba la mitad de la cúpula. En la mano sostenía una empanada humeante.

—Torreta me preparó provisiones para el viaje —anunció Peoncito con orgullo—. Empanada victoriana: masa de té negro con relleno de roast beef y alfil picado. Como tu segundo oficial de torneo, exijo que viajemos al pasado de inmediato. He oído que en el siglo diecinueve todos los caballeros respetables llevaban bigote. ¡Por fin estaré entre mis iguales!

Martina no esperó a que Peoncito terminara su discurso. Con determinación, apoyó el dedo en el botón del reloj parlante y jaló con fuerza la banderita roja.

Un remolino de casillas doradas giró como un torbellino. El cielo de escaques se curvó, el tic-tac resonó como un trueno y el olor a hierba fresca fue reemplazado abruptamente por aroma a madera vieja, cera de velas y humo de tabaco aromático.

Martina y Peoncito se presentan ante el primer monarca oficial del ajedrez mundial, Wilhelm Steinitz

Aterrizaron sobre una alfombra de terciopelo granate en el rincón más solemne del Simpson’s-in-the-Strand, el célebre club de ajedrez de Londres. Hombres con levitas oscuras, cuellos almidonados y bigotes descomunales fumaban en pipas de brezo y anotaban jugadas con pluma sobre papel pergamino.

En el centro del salón, sentado sobre dos gruesos cojines porque sus pies apenas llegaban al suelo, había un anciano de mirada penetrante. Tenía una barba canosa imponente que le cubría el pecho, los ojos pequeños y brillantes tras unas gafas redondas, y un bastón de caña con empuñadura de plata apoyado contra la mesa.

Era Wilhelm Steinitz. El primer Campeón del Mundo oficial.

El viejo maestro levantó la vista de su tablero de nogal y frunció el ceño. Examinó a Martina de arriba abajo: sus zapatillas deportivas, sus shorts de vóley, su polera estampada con un circuito de inteligencia artificial y sus gafas modernas. Luego miró a Peoncito, que intentaba disimular que su bigote se le estaba cayendo hacia la sopa de un espectador.

—¿Qué clase de distracción es esta? —gruñó Steinitz con su áspero acento vienés, golpeando levemente el suelo con el bastón—. Estoy ocupado demostrando que el ajedrez no es una comedia de saltos circenses, sino una ciencia inexorable. Los románticos creen que el ajedrez se gana sacrificando la dama a lo loco. ¡Tonterías! Se gana acumulando pequeñas ventajas microscópicas hasta asfixiar al rival.

—Eso está muy bien, señor Steinitz —dijo Martina, plantándose al otro lado del tablero sin la menor señal de timidez—. Pero me dijeron que usted cree que el rey no necesita enrocarse, que puede caminar por el medio del tablero como si estuviera en pantuflas. Vine a comprobar si es pura fanfarronería o si de verdad sabe defenderse.

Un murmullo de horror recorrió a los caballeros victorianos del club. Un señor con monóculo casi se atraganta con su té de Ceilán. ¡Nadie le hablaba así al temible Steinitz, el hombre que había desafiado a todo el continente europeo!

Steinitz se acomodó los cojines, dejó escapar un bufido que pareció una risotada y acarició su enorme barba.

—Una jovencita con agallas —dijo con una sonrisa socarrona—. Siéntese, niña. Blancas o negras. Veremos si su mente comprende el peso de las leyes modernas.

—Yo juego con las blancas —sentenció Martina, sentándose con la espalda recta—. Y prepárese, porque no vine a acumular polvo; vine a jugar a ganar.

♟️ ♟️ ♟️

La partida comenzó con la reverencia silenciosa del reloj. Martina no dudó ni medio segundo:

1. e4 e5
2. Cf3 Cc6
3. Ac4 Ac5

—La Apertura Italiana —murmuró Steinitz, moviendo con lentitud su alfil a c5—. Sólida. Clásica. Torreta en su carrito de empanadas estaría orgullosa, pensé que los jóvenes solo sabían empujar peones sin ton ni son.

Martina continuó con el plan central: 4. c3 Cf6 5. d4 exd4 6. cxd4 Ab4+. Aquí, en lugar de bloquear pasivamente, Martina metió el caballo en juego: 7. Cc3!. Steinitz contragolpeó con 7... d5 8. exd5 Cxd5, y Martina aseguró la posición de su rey con 9. 0-0!.

—¿Ve usted, jovencita? —comentó Steinitz mientras clavaba su alfil en 9... Ae6—. Usted se apresura a esconder a su rey en una esquina. Típico miedo romántico. Mi rey, en cambio, no le teme a las corrientes de aire. Un rey en el centro es una pieza activa que manda sobre sus tropas.

—Un rey en el centro que no se enroca —replicó Martina con una sonrisa pícara— no es un general valiente, señor Steinitz. Es una diana con patas.

Martina comenzó a tejer su trampa favorita. Cambió piezas para despejar las líneas: 10. Ag5 Ae7 11. Axd5 Axd5 12. Cxd5 Dxd5 13. Axe7 Cxe7. Y entonces colocó la pieza que cambiaría la historia de la tarde:

14. Te1!

La torre blanca ocupó la columna «e» abierta como un cañón apuntando en línea recta. El caballo negro de e7 quedó absolutamente clavado. No podía moverse porque detrás estaba el rey negro, desprotegido y sin enroque.

Steinitz no pestañeó. Jugó 14... f6 para evitar saltos molestos, y tras 15. De2 Dd7 16. Tac1 c6 17. d5 cxd5 18. Cd4, el veterano campeón cumplió su palabra. En lugar de buscar un refugio artificial, empujó a su propio monarca:

18... Rf7!

El rey negro salía a caminar a plena luz del día, apoyado en sus peones como si paseara en pantuflas un domingo por la tarde. Los caballeros victorianos aplaudieron con discreción.

—¿Lo ve, señorita? —dijo Steinitz satisfecho—. Mi rey domina la casilla f7, libera a mi torre de h8 y sostiene el centro. La posición es un muro de piedra.

Martina cerró los ojos un instante. Recordó a sus dos grandes referentes. Recordó la precisión quirúrgica de Judith Polgar, capaz de demoler el muro más perfecto encontrando la debilidad oculta. Y recordó la sonrisa pícara de Mikhail Tal, quien decía que para ganar no hace falta refutar la lógica del rival: basta con llevarlo a un bosque oscuro donde dos más dos son cinco.

—Su muro tiene una fisura, señor Steinitz —susurró Martina—. Y a mí me encantan las clavadas.

Martina avanzó su caballo a 19. Ce6!, amenazando la letal casilla c7. Steinitz respondió trayendo su torre a defender: 19... Thc8. La tensión en la sala era tan espesa que ni las pipas de humo se atrevían a humear.

Y entonces, Martina desató la tormenta:

20. Dg4! g6
21. Cg5+ Re8

El rey de Steinitz se vio obligado a regresar a su casilla original. Y en ese preciso instante, Martina soltó la jugada que los libros de historia recordarían por los siglos de los siglos:

22. Txe7+!!

La torre mágica danza en la séptima fila: una clavada absoluta que deja sin respiración al club victoriano

Un grito ahogado resonó en todo el salón. ¡La torre se entregaba gratis en la boca del rey! Pero no era gratis: si 22... Dxe7, la dama blanca tomaba la torre de c8 con jaque mate imparable. La dama negra estaba irremediablemente atada de pies y manos.

Steinitz parpadeó. Sus ojos brillaron detrás de los lentes redondos. El viejo campeón tuvo que mover a su rey a la única casilla de escape:

22... Rf8!

Cualquier otro jugador hubiera pensado que la torre blanca estaba atrapada. Pero Martina sonrió. Una torre que sabe bailar no le teme a nadie.

23. Tf7+! Rg8
24. Tg7+! Kh8
25. Txh7+!

¡La torre blanca patinaba por toda la séptima fila dando jaques sucesivos! Parecía un rayo láser que rebotaba de casilla en casilla sin que ninguna pieza negra pudiera tocarla. Peoncito saltaba en el aire sobre una taza de porcelana, agitando su sombrero de copa:

—¡La torre ametralladora! ¡Es la danza de las sesenta y cuatro casillas! ¡Miren cómo brilla ese rayo X!

Steinitz contempló el tablero durante cinco largos minutos. Calculó mentalmente todas las variantes: si capturaba la torre, la dama blanca entraba en h4 con mate forzado en diez movimientos. Si no la capturaba, perdía la dama y la partida entera se desmoronaba como un castillo de arena.

El viejo maestro levantó su bastón de plata. No golpeó la mesa con ira. Al contrario: dibujó en el aire un círculo de cortesía y apoyó su rey tumbado con delicadeza sobre el tapiz.

—Brillante —dijo Steinitz en voz baja, pero tan clara que todos los socios del club lo escucharon—. Una clavada absoluta combinada con una desviación geométrica. Jovencita... usted no juega como los románticos del café. Usted calcula como una máquina y ataca como un vendaval.

—Fue una lección de Judith Polgar y Mikhail Tal —respondió Martina con humildad, aunque con una sonrisa traviesa que no podía ocultar—. Y usted tenía razón en algo, don Wilhelm: su rey es muy valiente. Solo necesita aprender a mirar hacia los dos lados antes de cruzar la columna abierta.

Steinitz soltó una carcajada sonora que hizo temblar su gran barba. Metió la mano en su chaleco victoriano y sacó un botón dorado tallado con forma de corona. Se lo entregó a Martina:

—Guarde esto. Es el sello del primer campeón. Pero ándese con cuidado en sus viajes, niña... El siguiente que vendrá después de mí se llama Emanuel Lasker. Y ese hombre no juega con las piezas; juega con las dudas de su corazón.

⏳ ⏳ ⏳

El Reloj parlante soltó una campanada metálica: —¡Tiempo! ¡La curvatura espacio-temporal se agota! ¡Regreso a casa en tres, dos, uno...!

Londres se desvaneció. Las levitas, el humo de pipa y el tablero de nogal se disolvieron en un torbellino de luces que se plegaron suavemente sobre el edredón de Martina.

Despertó en su habitación con el sol de la mañana acariciándole la cara. Sobre su velador, junto a la tablet, había una motita dorada que brillaba con forma de corona diminuta. Y en la pantalla, la partida de Steinitz ya no parecía una locura indescifrable: parecía un viejo amigo saludándola desde el pasado.

Martina se estiró, se puso sus lentes y saltó de la cama con una certeza absoluta en el pecho: hoy, en el club de su colegio, nadie la iba a convencer de jugar con miedo.

Fin del trigésimo séptimo cuento.
Continuará con el segundo monarca del tiempo…

🏛️ El Secreto detrás del Cuento

Este cuento rinde homenaje a Wilhelm Steinitz (1836–1900), el legendario primer Campeón del Mundo oficial de ajedrez (1886–1894) y padre de la teoría posicional moderna. La deslumbrante combinación táctica descrita en la historia ocurrió en su mítica partida Steinitz vs. Curt von Bardeleben en el torneo de Hastings (1895). En la jugada 22, Steinitz dejó todas sus piezas en el aire para lanzar su torre en una procesión de jaques invulnerables por la séptima fila gracias a la clavada de la dama contraria. ¡Reproduce la partida completa a continuación!

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