Martina
Cuento 36

La Pelea Final

Donde Martina se mete para adentro una última vez, encaja todo lo que le lanzan, y demuestra que la mejor defensa contra un tramposo no es quejarse: es tumbarle

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La noche antes de la final, Martina durmió ocho horas. Exactas. Como un reloj suizo. Como un metrónomo. Como alguien que sabía que el día siguiente iba a ser el más importante de su corta carrera en el chess boxing y no pensaba desperdiciar ni un minuto de sueño en nervios inútiles.

El polideportivo estaba lleno. Las gradas, a rebosar. Don Kamo en la esquina, con su toalla al hombro y su expresión de «he entrenado a esta niña y como pierda me retiro». Taka en primera fila, con una bocina que había comprado especialmente para la ocasión y que ya le habían confiscado dos veces. Mitaka en la grada, con la ceja vendada, los ojos fijos en el ring. Había venido a verla. Aunque no se lo había dicho a nadie. Aunque probablemente ni siquiera se lo había dicho a sí mismo.

Y en el bolsillo de Martina, Peoncito. Con su bigote encerado a prueba de impactos. Con su casco diminuto. Con más miedo que un peón en séptima fila. Pero allí. Siempre allí.

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—¡Señoras y señores! —rugió el speaker—. ¡La final del Torneo de Novatos de Chess Boxing! ¡En la esquina azul, con un récord de dos victorias, cero derrotas... Martina «La Fajadora»!

El público aplaudió. Taka hizo sonar la bocina (se la habían devuelto con la condición de que no la usara durante las fases de ajedrez).

—¡Y en la esquina roja, con dos victorias, cero derrotas... Machado «El Martillo Silencioso»!

Machado subió al ring. Alto. Delgado. Con los brazos colgando como dos péndulos. No sonrió. No saludó al público. Miró a Martina con sus ojos de tiburón aburrido y dijo:

—Bonito récord. Lástima que acabe hoy.

Martina no respondió. La Sombra le había enseñado: no entres en su juego. No le des lo que busca. El tablero es tu respuesta. El ring es tu respuesta. Las palabras... son ruido.

Cara a cara entre Martina y Machado frente al tablero
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Fase de ajedrez. Primer round.

Martina jugó e4. Machado respondió c5. Siciliana. Agresiva. Como todo en este torneo. Martina desarrolló rápido. Machado también. Pero mientras Martina jugaba limpio, Machado jugaba sucio. Tocaba las piezas y luego decía «compongo». Tosía cuando Martina iba a mover. Golpeaba el reloj con más fuerza de la necesaria. Pequeñas cosas. Agujas diminutas. El catálogo completo del tramposo de manual.

Martina respiró. Ignoró. Jugó.

—Tu alfil está mal colocado —dijo Machado en la jugada siete—. Si yo fuera tú, lo cambiaría.

Martina no respondió. Movió su dama a b3. Presión sobre f7.

—Esa dama está expuesta —insistió Machado—. Te la voy a cazar.

Martina sonrió para sus adentros. La dama no estaba expuesta. La dama era una trampa. Si Machado la atacaba, caía en una clavada de alfil que le costaría la partida. Y Machado, confiado, picó. Movió su caballo para amenazar la dama.

Martina jugó Ag5. Clavada. El caballo de Machado quedó inmovilizado. Su dama no podía defender. Su rey estaba en el centro. Tres jugadas después, Martina anunció:

—Jaque mate en dos.

Machado miró el tablero. Su mandíbula se tensó. Buscó una escapatoria que no existía. Y entonces, en vez de aceptar el mate, dijo:

—Compongo.

Y movió su rey una casilla. Ilegalmente. El rey no podía ir ahí. Estaba en jaque. Martina levantó la mano.

—Árbitro, jugada ilegal. El rey no puede moverse ahí. Está en jaque.

El árbitro se acercó. Verificó. Asintió. «Jugada ilegal. Dos minutos de penalización para Machado. La posición se restablece.»

Machado apretó los dientes. Pero no dijo nada. Su truco no había funcionado. Martina, sin inmutarse, jugó el mate que ya tenía calculado. Dama a f7. Jaque mate.

—Gana la fase de ajedrez... ¡Martina!

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Fase de boxeo. Primer round.

Machado salió furioso. El ajedrez le había herido el orgullo. Y un Machado herido era un Machado peligroso. Sus jabs volaban como látigos. Su alcance era imposible. Martina intentó entrar, pero los brazos de Machado eran una muralla.

Y entonces, el codo. En las costillas. Rápido. Cuando el árbitro giraba la cabeza. Martina sintió el golpe, se dobló, pero no cayó.

—¡Árbitro! —gritó Don Kamo desde la esquina—. ¡Codazo!

—No he visto nada —dijo el árbitro.

Machado sonrió. Martina respiró. La Sombra le había dicho: «Si el árbitro no lo ve, no te quejes. Quejarte te desconcentra. Sigue peleando. Ya ajustarás cuentas.»

Y siguió peleando. Recibió dos jabs. Tres. La nariz le sangraba. Pero no se cayó. Como siempre. Como en el tablero. Aguanta. Aguanta. Aguanta.

Sonó la campana. Fin del primer round de boxeo.

🥊 ♟️ 🥊

En la esquina, Don Kamo le limpió la sangre de la nariz.

—Te está midiendo —dijo—. Sabe que eres más rápida en ajedrez. Quiere noquearte en boxeo antes de volver al tablero. No se lo permitas.

—¿Qué hago?

—Lo que sabes hacer. Meterse para adentro. Te va a doler. Mucho. Pero una vez dentro, sus brazos largos no sirven. Sus codos no sirven. Solo sirve tu gancho. —Don Kamo la miró a los ojos—. Confía en tu gancho.

—Confío.

Segundo round de boxeo. Machado salió igual. Jabs. Jabs. Jabs. Martina aguantó. Aguanta. Aguanta. Y entonces, cuando Machado lanzó un directo demasiado largo, Martina se metió. Como siempre. Como nunca. Como toda su vida.

El codo de Machado le rozó la sien. Pero ya daba igual. Ya estaba dentro. Y desde allí, en la distancia corta, donde Machado no podía defenderse, Martina lanzó su gancho. El mismo gancho que había doblado a Mitaka en el gimnasio. El mismo que había tumbado a Sendoro. El mismo que Don Kamo le había enseñado a lanzar desde la cadera, con todo el cuerpo, con toda el alma.

El puño impactó en el estómago de Machado. Machado se dobló. Sus ojos de tiburón se abrieron de par en par. Sus brazos de péndulo cayeron. Y él con ellos. Al suelo. A la lona. Al silencio.

El gancho final de Martina que tumba a Machado

El árbitro empezó a contar. Uno. Dos. Tres. Cuatro. Cinco. Machado intentó levantarse. No pudo. Seis. Siete. Ocho. Machado apoyó una rodilla. Nueve. Diez.

—¡KO! ¡GANADORA POR KO... MARTINA!

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El polideportivo estalló. Taka hizo sonar la bocina siete veces antes de que se la volvieran a confiscar. Mitaka, desde la grada, asintió. Solo una vez. Pero Martina lo vio. Y supo lo que significaba.

Don Kamo la abrazó. O intentó abrazarla. Era más un apretón de hombros con orgullo. «El gancho —dijo—. El maldito gancho. Te dije que confiaras en él.»

Martina levantó los brazos. Le dolía todo. La nariz. Las costillas. El orgullo. Pero sonreía.

Peoncito asomó la cabeza del bolsillo. Su bigote estaba torcido. Su casco, abollado. Pero sus ojos de cristal brillaban.

—Lo has hecho —dijo—. Has tumbado al tramposo. Sin trampas. Sin excusas. Sin quejas. Solo puños. Y ajedrez.

—Y gancho.

—Y gancho. Sobre todo gancho.

—¿Me he metido para adentro?

—Como siempre. Como nunca. Como toda tu vida.

🥊 ♟️ 🥊

Esa noche, en el vestuario, mientras se quitaba las vendas de las manos, Martina se miró en el espejo. Tenía un moretón en la mejilla. La nariz hinchada. Los nudillos en carne viva. Pero sus ojos... sus ojos eran los de alguien que acababa de ganar mucho más que un torneo de novatos.

Mitaka apareció en la puerta del vestuario. Con su ceja vendada. Con sus ojos de tablero en calma.

—Buen gancho —dijo.

—Gracias.

—La próxima vez —Mitaka hizo su pausa característica—... no voy a perder.

—La próxima vez —dijo Martina— no voy a dejarte.

Mitaka casi sonrió. Casi. Y se fue. Sin ruido. Como siempre.

Martina se quedó sola en el vestuario. Bueno, no del todo sola. Peoncito estaba en el banco, intentando desabrocharse el casco sin brazos. «Un poco de ayuda —dijo—. No tengo brazos. Ya lo sabes. Pero siempre lo olvidas.»

Martina le quitó el casco. Peoncito se ajustó el bigote.

—¿Y ahora qué? —preguntó—. ¿Después de ganar el torneo?

Martina lo pensó.

—Ahora... más. Siempre más. El torneo de novatos es el principio. Luego vienen los regionales. Los nacionales. Los mundiales. El chess boxing es infinito. Como el ajedrez. Como el boxeo. Como todo lo que vale la pena.

—Eso es muy ambicioso.

—Soy ambiciosa.

—Eres insoportablemente ambiciosa. Pero me gusta.

Martina apagó la luz del vestuario. Y mientras caminaba hacia la salida, con el trofeo en una mano y las vendas en la otra, pensó en todo lo que había pasado. En Don Kamo. En Taka. En Mitaka. En la Sombra y su cuaderno. En Sendoro y sus golpes locos. En Ozuna y sus ganchos. En Machado y sus codos. Y en ella. En Martina. La fajadora. La que aguantaba. La que se metía para adentro. La que nunca se rendía.

Y sonrió. Porque esto era solo el principio.

Fin del trigésimo sexto cuento.
Continuará…

🏛️ El Secreto detrás del Cuento

En el chess boxing, como en la vida, el tramposo siempre cae. No por el árbitro. No por la suerte. Sino porque alguien, en algún momento, decidió no responder a sus trucos y simplemente jugar mejor.

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