♕ Martina
Cuento 40

El Huracán del Dragón y el Gato Siamés

Donde el Reloj Parlante aterriza en una tarde lluviosa de 1936, un gato aristocrático supervisa los peones, y Martina demuestra que no hay tormenta capaz de apagar a quien lleva un dragón en el pecho

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La derrota contra Capablanca en La Habana no le había quitado el apetito a Martina; al contrario, se lo había multiplicado. Llevaba tres días estudiando finales de torres en el suelo de su dormitorio, con los lentes resbalando sobre la punta de su nariz y un plato de uvas a medio terminar.

—Capablanca era de cristal puro —murmuró Martina, acomodando un alfil de nácar—. No se equivocaba nunca. Pero a mí no me gusta el ajedrez de hielo. A mí me gusta cuando el tablero cruje, cuando hay pólvora en las casillas y las piezas se tiran de cabeza al abismo.

En la casilla d4 de su tablero imaginario, el Reloj Parlante dio una sacudida metálica que hizo temblar los peones. —¡Diga treinta y tres! —gritó el reloj por su aguja de los minutos—. Si lo que buscas es dinamita, niña insolente, hay un hombre en la historia que no jugaba al ajedrez: ¡provocaba incendios forestales con piezas de madera! Se llama Alexander Alekhine. Cuarto Campeón del Mundo. Capaz de ver combinaciones de veinte jugadas mientras duerme la siesta con su gato.

Peoncito emergió de detrás de la torre con un impermeable diminuto hecho con una envoltura de galletas y su bigote postizo bien sujeto con pegamento escolar. —Un gato siamés —dijo Peoncito con gravedad—. He oído hablar de él. Se llama Chess. Dicen que si el gato bosteza, el rival pierde una torre. Si el gato se relame, hay jaque mate en cuatro. Exijo que llevemos sardinas como medida de distracción diplomática.

—No necesitamos sardinas, Peoncito —sonrió Martina, levantándose con sus zapatillas y su polera de inteligencia artificial—. Necesitamos la Siciliana Dragón.

⚔️ 🇬🇧 🐾

El salto temporal los dejó en agosto de 1936, en los salones victorianos de la Universidad de Nottingham, en Inglaterra. Afuera caía una lluvia mansa y constante que empañaba los grandes ventanales de arco. Adentro, el ambiente olía a té negro con leche, tabaco de pipa y cera para madera.

En una mesa central de caoba pulida, sentado en un sillón orejero de terciopelo verde, estaba Alexander Alekhine.

Era un hombre imponente, de traje de lana gris impecable, cabello claro peinado hacia atrás y una mirada de tormenta eléctrica que parecía taladrar las casillas. A su lado, enrollado majestuosamente sobre un cojín de terciopelo bordado, descansaba Chess: un siamés esbelto, de orejas oscuras como el chocolate y unos ojos azules tan fríos y penetrantes como un final de peones en invierno.

Martina y Alexander Alekhine en Nottingham 1936 con el gato Chess

Martina frente al imponente Alexander Alekhine en Nottingham 1936, bajo la atenta mirada del gato Chess.

Alekhine alzó la vista de sus cuadernos repletos de variantes apretadas. Frunció el ceño al ver a una niña de nueve años en shorts de vóley y lentes modernos, escoltada por un peón de cristal con bigote postizo. —¿Quién te dio permiso para interrumpir mis análisis? —preguntó Alekhine con un acento ruso cortante pero refinado—. Estoy preparando una tormenta de peones. La gente común se asusta de las tormentas.

—Yo no soy gente común —respondió Martina con su natural aire de tranquila superioridad—. Y no me asustan las tormentas. En mi colegio juego blitz con un ojo cerrado mientras como galletas. Vengo a desafiarte con negras.

El gato Chess abrió sus ojos azules como zafiros, estiró sus garras con lentitud y fijó la vista en Martina. Luego emitió un suave y enigmático «Miau».

Alekhine soltó una carcajada vibrante que resonó en todo el salón. —¡Al gato le agradas! Eso es peligroso para ti, jovencita. Chess solo simpatiza con los que van a ser devorados por el fuego. Siéntate. Te enseñaré lo que pasa cuando las blancas atacan sin piedad.

🔥 ♟️ 🌪️

Alekhine tomó las piezas blancas y abrió con paso marcial: 1. e4.

Martina no pestañeó ni medio segundo: 1... c5! La Defensa Siciliana.

Las jugadas se sucedieron con rapidez eléctrica: 2. Cf3 d6 3. d4 cxd4 4. Cxd4 Cf6 5. Cc3 g6! Martina acababa de plantar el peón en g6, liberando la diagonal para el alfil más temido de las aperturas abiertas: ¡el Dragón!

Peoncito se colocó en la casilla g6, hinchó el pecho y rugió en voz baja: —¡Soy una bestia mitológica con alas de fuego! ¡Cuidado conmigo que quemo la madera! —El bigote se le despegó por la derecha, pero Peoncito lo aplastó con el codo con dignidad heroica.

Alekhine sonrió con una mueca salvaje: 6. Ae2 Ag7 7. Ae3 Cc6 8. Cb3 Ae6 9. f4 0-0. El enroque de Martina estaba completado, pero el monarca blanco ni siquiera pensaba en guarecerse. Alekhine jugaba para demoler.

De pronto, el gran Alejandro apoyó ambas manos sobre la mesa y lanzó el primer cañonazo: 10. g4!

Un murmullo recorrió a los pocos espectadores ingleses que miraban desde lejos. Avanzar el peón g con el propio rey en el centro era una declaración de guerra abierta. Cualquier maestro tímido habría buscado esconder sus caballos o pedir tregua. Pero Martina recordó a su ídolo, Judith Polgar: «El ataque no se esquiva: se contesta con un contragolpe más feroz en el centro».

Con mano firme y sin vacilar, Martina estrelló su peón central: 10... d5!!

El gato Chess se puso de pie sobre el cojín, moviendo la punta de la cola. Alekhine entrecerró los ojos. Sus pupilas chisporrotearon: —¿Respondes con fuego? ¡Pues toma más madera! 11. f5! Ac8! 12. exd5 Cb4! 13. d6 Dxd6 14. Ac5 Df4!

¡La Dama negra saltaba directo a la garganta del rey blanco! Martina no defendía; Martina invadía. Alekhine sintió el calor de la batalla en las mejillas y jugó: 15. Tf1 Dxh2! 16. Axb4.

El campeón del mundo capturó el caballo negro de b4 con un gesto rotundo. —Tu dragón se ha quedado sin garras, niña. Tengo pieza de ventaja y tus piezas están en el aire.

Martina sonrió con esa chispa traviesa que Mikhail Tal solía encender en el tablero: el momento en que el bosque se vuelve oscuro y las reglas del cálculo ordinario dejan de funcionar. —En el tablero no importan las piezas que tienes vivas —dijo Martina—. Importa la violencia con que se mueven las que te quedan.

Y entonces soltó el rayo: 16... Cxg4!!

Sacrificio del caballo y jaque de Dama en el tablero entre Martina y Alekhine

¡El sacrificio 16... Cxg4!! desata el dragón: la Dama negra invade y la torre blanca queda atrapada en una clavada inmortal.

El silencio en la sala fue absoluto. Solo se oía el rumor de la lluvia en los cristales. Alekhine se quedó inmóvil. El sacrificio era veneno puro. Si no lo aceptaba, caía su enroque. Tuvo que capturar: 17. Axg4 Dg3+!

¡Jaque! El rey blanco no tenía casillas de escape. La única jugada legal para no perder la dama era interponer la torre: 18. Tf2.

Los ojos de Martina brillaron detrás de sus lentes como dos soles gemelos. ¡Una clavada! La torre blanca de f2 estaba absolutamente clavada contra su rey en e1. No podía moverse, no podía respirar, no podía abandonar la casilla. Martina amaba las clavadas con devoción fanática; las coleccionaba en su cuaderno como tesoros de otro mundo.

—¿Ves esa torre, señor Alekhine? —susurró Martina—. Está clavada. Y cuando una torre está clavada, la Dama negra baila vals.

18... Dg1+!
19. Tf1 Dg3+!
20. Tf2 Dg1+!

¡Jaque perpetuo! La dama negra martillaba una y otra vez: g3, g1, g3, g1. Si las blancas intentaban zafarse con el rey, caía la torre con jaque mate. Si tapaban con la torre, el jaque se repetía hasta el infinito.

✨ 🤝 🏆

Alekhine miró el tablero durante dos largos minutos. Miró a su torre clavada en f2. Miró a la dama negra que brillaba como un bólido. De repente, el gato Chess saltó con agilidad felina sobre la mesa de caoba, caminó despacio entre las piezas sin rozar ninguna y frotó suavemente su cabeza contra la dama de Martina en g1, haciendo un ronroneo profundo como un motor de avión.

Alekhine levantó la cabeza y, para sorpresa de todos los presentes, estalló en una risotada atronadora y sincera. —¡Tablas! —exclamó con los ojos encendidos de alegría infantil—. ¡Unas tablas feroces! ¡Hacía años que nadie me obligaba a un jaque perpetuo en veinte jugadas en mi propia casa!

El gran campeón extendió su mano grande y huesuda a través del tablero. Martina se la estrechó con firmeza, sin pestañear. —Juegas como un cometa, jovencita —le dijo Alekhine, mirándola con sincera admiración—. Hay maestros que empatan por miedo, escondiéndose detrás de un arbusto. Tú has empatado prendiéndole fuego al bosque entero. Ese es el único empate que merece ser llamado ajedrez.

Alekhine sacó del bolsillo de su chaleco un pequeño cascabel de plata pura, el repuesto del collar de Chess, y se lo entregó a Martina: —Llévalo contigo. Cuando sientas que una posición es demasiado difícil, hazlo sonar. Te recordará que ante la duda, ¡siempre hay que atacar el centro!

Peoncito saludó al gato con una reverencia militar que casi le cuesta el bigote: —Señor Chess, ha sido un honor compartir trinchera. Para ser un cuadrúpedo sin bigote postizo, tiene usted un porte táctico formidable.

🌙 🛌 🔔

Cuando el Reloj Parlante terminó su giro temporal en d4, Martina abrió los ojos en su cama de Santiago. El reloj de pared marcaba las siete de la mañana.

Sobre su velador, junto a la libreta de jugadas, estaban alineados sus cuatro tesoros: el botón de latón del viejo Steinitz, la pluma de ave de Emanuel Lasker, el alfil de nácar de Capablanca... y ahora, un diminuto cascabel de plata que tintineaba con un sonido cristalino y valiente.

Martina sonrió mientras se calzaba las zapatillas de lona. Perder contra Capablanca le había enseñado a respetar la precisión. Empatar contra Alekhine le había recordado que su alma era puro fuego. Y con esa mezcla imbatible de cálculo y pasión, no había rival en el mundo al que no estuviera lista para mirar a los ojos.

Fin del cuadragésimo cuento.
Continuará con el matemático silencioso de Ámsterdam…

🏛️ El Secreto detrás del Cuento

Este cuento recrea la legendaria batalla entre el Campeón Mundial Alexander Alekhine y el joven astro soviético Mikhail Botvinnik durante la 5.ª ronda del memorable Torneo de Nottingham (1936). Ante el ataque implacable y prematuro de peones de Alekhine (10. g4!), las negras respondieron con una precisión quirúrgica en la Defensa Siciliana Dragón: golpe en el centro (10... d5!), sacrificio electrizante de caballo (16... Cxg4!!) y una invasión de dama que forzó la clavada de la torre blanca en f2 y el definitivo empate por jaque continuo en solo 20 jugadas. ¡Una de las partidas cortas más emocionantes y profundas del ajedrez del siglo XX!

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