La Escopeta Humana
Donde Martina sobrevive a la furia de Sendoro y al martillo de Ozuna, mientras en el otro lado del cuadrilátero alguien juega sucio
♟️ Ver la partida del torneo ↓▶️ ¿Prefieres escuchar la historia? Clic aquí para ver el Audiolibro Animado
El torneo de novatos se celebró en un polideportivo que habían transformado en arena de chess boxing. Tres rings. Dieciséis competidores. Un solo campeón. Las reglas eran simples: tres minutos de ajedrez, un minuto de descanso, tres minutos de boxeo. Se repetía hasta que alguien ganaba por jaque mate, KO, o decisión de los jueces. Y si perdías, te ibas a casa. Sin medalla. Sin gloria. Con los nudillos doloridos y el orgullo magullado.
Martina entró con su polera de ajedrez, sus shorts de vóley y una determinación que ocupaba más espacio que su equipaje. Don Kamo estaba en su esquina. Taka, en la grada, gritando consejos que nadie le había pedido. Y Peoncito, en el bolsillo, con un casco de boxeo diminuto y un bigote encerado a prueba de golpes.
Primer combate: Martina vs. Sendoro.
Lo apodaban «La Escopeta Humana». Y el apodo le quedaba bien. En ajedrez, jugaba como si cada pieza fuera un cartucho: sacrificaba peones, alfiles, torres, lo que hiciera falta con tal de abrir líneas contra el rey enemigo. Sus partidas eran un caos de gambitos y ataques desordenados. A veces funcionaba. A veces no. Pero siempre era peligroso.
En boxeo, era igual. Golpes desde todos lados. Ganchos, directos, uppercuts. Sin orden. Sin defensa. Sin plan. Solo potencia. Potencia bruta. Como si sus puños tuvieran motor propio y su cerebro estuviera de vacaciones.
—Estás loco —dijo Martina, esquivando un gancho que le pasó rozando la oreja.
—¡LOCO NO! —rugió Sendoro—. ¡POTENTE!
Martina aplicó lo que Don Kamo le había enseñado: paciencia. En ajedrez, esperó a que Sendoro sacrificara demasiado y se quedara sin ataque. Cuando las piezas de Sendoro estaban dispersas y su rey en el centro, Martina lanzó el contraataque. Mate en cinco.
En boxeo, hizo lo mismo. Dejó que Sendoro se cansara. Golpe tras golpe. Oleada tras oleada. Y cuando Sendoro bajó la guardia, agotado de su propia furia, Martina se metió adentro y conectó un gancho al cuerpo. Sendoro se dobló. El árbitro contó. Sendoro no se levantó.
—Ganadora: Martina —anunció el speaker.
—Eres una fajadora de verdad —dijo Taka desde la grada—. ¡Aguantas y contraatacas! ¡Como un reloj! ¡Pero un reloj que pega!
Segundo combate: Martina vs. Ozuna.
Lo apodaban «El Martillo». Porque todo lo que hacía era martillar. En ajedrez, jugaba el Gambito de Rey como si no existiera otra apertura en el universo. e4, e5, f4. Siempre. Sacrificaba el peón de f y luego atacaba, atacaba, atacaba. Como un martillo neumático. Sin sutileza. Sin pausa. Sin piedad.
En boxeo, era igual. Gancho de izquierda. Gancho de derecha. Otro gancho. Otro más. No sabía lanzar otra cosa. Pero sus ganchos eran terribles. Como si cada brazo fuera un péndulo de demolición.
Martina resistió el Gambito de Rey en el tablero. Lo conocía bien. Aceptó el peón sacrificado, consolidó su posición, y luego contraatacó en el centro. Ozuna, sin plan B, se desmoronó. Mate en la jugada veintitrés.
En boxeo, el primer gancho le dio en el hombro. El segundo, en las costillas. El tercero, Martina lo bloqueó. Y luego, como siempre, se metió para adentro. Donde Ozuna no podía lanzar ganchos porque no tenía espacio. Y allí, en la distancia corta, Martina conectó un directo a la mandíbula.
Ozuna cayó. Se levantó a la cuenta de ocho. Pero sus piernas ya no eran las mismas. El árbitro paró la pelea.
—¡Otra vez! —gritó Taka—. ¡La fajadora que se mete! ¡La que aguanta! ¡La que gana!
Pero no todo eran victorias limpias en aquel torneo.
En el otro lado del cuadrilátero, Mitaka peleaba contra Machado. Y lo que Martina vio la dejó helada.
Machado era alto. Muy alto. Con unos brazos que parecían dos alfiles apuntando en diagonal. En ajedrez, jugaba de forma impecable, pero siempre al borde del reglamento: presionaba el reloj justo cuando el rival iba a mover, tosía en los momentos clave, ajustaba piezas «sin querer». Lo de siempre. El catálogo completo de la Sombra.
En boxeo, era peor. Sus jabs salían como látigos. Y de vez en cuando, cuando el árbitro no miraba, el codo. Un codazo en la ceja de Mitaka. Otro en las costillas. Mitaka sangraba. Pero no se rendía.
Y entonces, en la última ronda de ajedrez, Machado hizo algo que Martina reconoció al instante: presionó el reloj de Mitaka antes de que terminara su turno, acusándolo de pasarse de tiempo. El árbitro dudó. Mitaka protestó. Machado sonrió. Y en ese instante de confusión, Mitaka perdió la concentración. Cometió un error. Machado lo castigó sin piedad.
Mitaka cayó en el tablero. Y luego, en el ring, un uppercut de Machado lo mandó a la lona. KO.
Martina apretó los puños. No de rabia. De determinación.
—Ese es mi rival —dijo—. En la final.
Don Kamo asintió. «Lo sé. Y vas a necesitar más que puños para ganarle. Vas a necesitar cabeza.»
Fin del trigésimo cuarto cuento.
Continuará…
🏛️ El Secreto detrás del Cuento
En el chess boxing, como en la vida, hay rivales que juegan limpio y rivales que no. La diferencia no está en ellos: está en cómo decides enfrentarlos.
¿Te gustó este cuento? Compártelo: