El Puño y la Pieza
Donde Martina entra a un gimnasio de chess boxing, conoce a un prodigio que jamás pierde, lo desafía... y descubre que casi ganar es la mejor forma de saber que puedes ganar
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El gimnasio se llamaba «Tablero de Hierro». Estaba en un polígono industrial, entre una fábrica de muebles y un taller de chapa y pintura. Por fuera parecía abandonado. Por dentro olía a sudor, a cuero de guantes viejos y a ajedrez. Sí, a ajedrez. Los tableros estaban junto a los sacos de boxeo. Los relojes, al lado de las cuerdas de saltar. Las piezas, mezcladas con las vendas. Era el lugar más extraño y maravilloso que Martina había visto en su vida.
—Bienvenida —dijo una voz ronca desde el fondo.
Un hombre mayor, de cejas pobladas y espalda ancha como un tablero, se acercó cojeando ligeramente. Tenía una cicatriz en la ceja izquierda y un reloj de ajedrez colgado del cuello. Como si el tiempo fuera su segundo corazón.
—Soy Don Kamo —dijo—. Esto es el Tablero de Hierro. Aquí enseñamos a jugar y a pelear. A veces las dos cosas a la vez. A veces una después de la otra. Depende del día. Y del rival. Y del humor.
Martina lo observó. Aquel hombre exudaba sabiduría como otros exudaban sudor. No hacía falta que hablara mucho. Lo poco que decía pesaba más que un saco de boxeo lleno de libros de ajedrez.
—¡DON KAMO! —Una voz estridente resonó en el gimnasio—. ¡Hay una NIÑA en la puerta! ¡Una niña con shorts de vóley! ¡Y no lleva guantes! ¡Y no trae tablero! ¿Qué clase de persona viene a un gimnasio de chess boxing sin guantes ni tablero?
Un muchacho alto, de pelo revuelto y sonrisa de tiburón, apareció saltando a la comba. Saltaba tan rápido que la cuerda era un borrón. Y mientras saltaba, recitaba jugadas de ajedrez.
—e4, c5, Cf3, d6, d4... ¡y salto doble! —La cuerda zumbó—. Soy Taka. El futuro campeón del mundo de chess boxing. El presente campeón de mi casa. El pasado campeón de nada porque antes no existía este deporte. Pero si hubiera existido, habría sido campeón también. Soy imbatible. En mi mente.
—Taka es nuestro as —dijo Don Kamo—. Habla mucho. Pega más. Juega bien. No tanto como habla, pero bien.
—¡JUEGO MEJOR QUE HABLO! —gritó Taka, sin dejar de saltar—. ¡Y hablo MUCHO!
En una esquina del gimnasio, ajeno al escándalo de Taka, un chico de la edad de Martina practicaba solo. No boxeaba. No jugaba ajedrez. Hacía las dos cosas. Movía una pieza en el tablero, se levantaba, lanzaba tres jabs al saco, volvía al tablero, movía otra pieza. Una y otra vez. Como un metrónomo. Como un reloj. Como alguien que había encontrado el ritmo perfecto entre el puño y la pieza.
—Ese es Mitaka —dijo Don Kamo—. No habla. No sonríe. No celebra. Solo juega. Solo pega. Y nunca pierde.
Mitaka giró la cabeza. Sus ojos eran dos tableros en calma. Miró a Martina. Martina le sostuvo la mirada.
—Eres nueva —dijo Mitaka. No era una pregunta. Era una evaluación.
—Soy Martina.
—Lo sé. He visto tus partidas. La del tramposo. La del genio. La del pez. Eres buena. —Hizo una pausa—. En ajedrez.
—¿Y en boxeo?
—Eso está por verse.
Martina no lo dudó. «Juguemos —dijo—. Ajedrez y boxeo. Una ronda de cada. Para ver qué tal.»
Mitaka la miró. Luego miró a Don Kamo. Don Kamo asintió.
—Acepto —dijo Mitaka—. Pero te advierto: no voy a contenerme. Ni en el tablero ni en el ring.
—No te lo pediría.
La fase de ajedrez fue un duelo de estilos. Mitaka jugaba como un cirujano. Preciso. Limpio. Sin una sola imprecisión. Martina jugaba como un huracán. Agresivo. Creativo. Sin una sola duda. Mitaka llevó la partida a un final de torres donde Martina, que odiaba los finales aburridos, intentó un sacrificio de peón para buscar contrajuego. Mitaka lo vio venir. Lo neutralizó. Martina abandonó en la jugada treinta y dos.
—Bien —dijo Mitaka—. Ahora el boxeo.
Se pusieron los guantes. Don Kamo hizo de árbitro. Tres minutos. Sin casco. Aprendizaje real.
Mitaka era rápido. Muy rápido. Sus jabs salían como movimientos de peón: uno, dos, uno, dos. Precisos. Medidos. Martina intentó esquivar, pero no tenía técnica. Recibió dos. Tres. Cuatro. Pero no se cayó. Aguantó. Como siempre. Como en el tablero.
Y entonces, en el último minuto, Martina hizo lo que siempre hacía: se metió para adentro. Sin miedo. Sin dudar. Mitaka no se lo esperaba. Nadie se metía para adentro contra Mitaka. Mitaka era el que se metía para adentro. Pero Martina entró igual. Y conectó un gancho al cuerpo.
Mitaka se dobló. Solo un segundo. Pero se dobló.
—¡TIEMPO! —gritó Don Kamo.
Mitaka se incorporó. Miró a Martina. Sus ojos ya no eran dos tableros en calma. Eran dos tableros removidos. Piezas caídas. Reyes tambaleándose.
—Ese gancho... —dijo—. No me lo esperaba.
—Lo sé —dijo Martina, jadeando—. Por eso funcionó.
Esa tarde, Martina se inscribió al torneo de novatos de chess boxing. Cinco semanas. Cinco rivales. Un solo ganador.
—Vas a necesitar entrenar —dijo Don Kamo—. Mucho. Muy duro. Todos los días. Ajedrez por la mañana. Boxeo por la tarde. Y por la noche... —hizo una pausa—... dormir. Porque sin dormir no se calcula ni se pega.
—Acepto.
Taka, que había estado escuchando desde el ring, soltó la comba.
—¿Vas a entrenar en serio? ¿Tú? ¿La niña de los shorts de vóley? —Se acercó—. Muy bien. Pero si lloras, yo no te consuelo. Yo solo consuelo campeones. Y tú aún no eres campeona. Eres... —la evaluó—... una promesa. Con suerte. Y con gancho.
—No voy a llorar.
—Eso dijeron todos. Y todos lloraron. —Taka sonrió—. Pero a ti te creo. Tienes ojos de fajadora.
—¿Fajadora?
—De las que aguantan. De las que se meten. De las que reciben diez golpes y devuelven uno, pero el suyo duele más. —Le dio una palmada en el hombro que casi la tumba—. Bienvenida al Tablero de Hierro, fajadora.
Fin del trigésimo segundo cuento.
Continuará…
🏛️ El Secreto detrás del Cuento
En chess boxing, ganas por jaque mate o por KO. Pero a veces lo importante no es ganar el primer combate: es descubrir que puedes ganar el siguiente.
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