Demasiados Trofeos
Donde Martina gana tantas competiciones en el reino que ya no sabe dónde meter los premios, Peoncito abre un museo, y la Reina Blanca sugiere alquilar un castillo anexo
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El problema empezó cuando Martina recibió su noveno trofeo en una misma semana. No era un trofeo cualquiera: era el «Gran Premio del Tablero Infinito», una copa de cristal fundido con mercurio del Gran Río Central que pesaba más que tres peones juntos y que, según la inscripción, «conmemoraba la victoria más aplastante en la historia de las Olimpiadas del Reino». Era preciosa. Era gigantesca. Y Martina no tenía dónde ponerla.
El castillo del Rey Blanco estaba lleno. Literalmente. Las estanterías crujían bajo el peso de copas, placas, medallones, estatuillas de piezas doradas y pergaminos de reconocimiento. El Rey Blanco había cedido dos habitaciones enteras para el almacenamiento de premios de Martina. «No me importa —había dicho—. Total, yo solo uso el salón del trono y el baño. Y el baño también tiene trofeos. Hay una copa en la bañera. Me baño alrededor de ella. Es incómodo pero inspirador.»
—Esto se ha descontrolado —dijo Peoncito, que estaba usando una copa de bronce como escalón para alcanzar una estantería—. Tienes más trofeos que yo bigotes. Y yo tengo tres bigotes.
—¿Tres?
—El de diario, el de repuesto y el de gala. Te lo conté en el cuento veintisiete. ¿No me escuchas cuando hablo?
—A veces desconecto.
—Todos desconectan. Es mi maldición. Un peón interesante que nadie escucha. Como un filósofo en una fiesta de caballos.
El Alfil Exiliado había ofrecido su diagonal como «espacio de almacenamiento alternativo», pero cuando Martina intentó colocar un trofeo en a7, el trofeo se deslizó diagonal abajo y fue a parar a g1, derribando tres copas más pequeñas que estaban allí desde el cuento doce.
—Las diagonales no son estanterías —dijo el alfil, ofendido—. Son líneas de fuerza. Son caminos de poder. Son... —vio el desastre de copas rotas—... resbaladizas. Muy resbaladizas.
Torreta sugirió construir un anexo al carrito de empanadas. «Yo almaceno empanadas —dijo—. Tú almacenas trofeos. La logística es la misma. Solo cambia el relleno.» Los peones-rueda protestaron alegando que ya llevaban suficiente peso con las empanadas. «¡No somos camellos!» gritó uno. «¡Los camellos no tienen ruedas!» respondió otro. «¡Por eso! ¡Es peor!»
El Caballo de Ŋ ofreció su lomo. «Puedes apilar trofeos sobre mí. Yo salto. Los trofeos vuelan. Es un espectáculo.» —«Es una catástrofe», corrigió Martina. —«La catástrofe también es espectáculo», respondió el caballo, y se fue dando saltos que eran mitad L y mitad ilusión.
El Reloj Parlante propuso algo que nadie entendió porque incluía las palabras «dilatación temporal», «espacio curvo» y «armario cuatridimensional». La Reina Negra estornudó solo de oírlo. «Es alergia a la física —aclaró—. No cuenta como recaída.»
La Sombra apareció en una esquina, apoyada en una pila de trofeos que le llegaba hasta donde estaría la barbilla si las sombras tuvieran barbilla.
—Esto es ridículo —dijo—. Tienes más premios que derrotas. Literalmente. He contado tus derrotas y tus premios. Las derrotas son una minoría oprimida. Deberían sindicarse.
—¿Tú también tienes una solución?
—Claro. Regálalos. Dónalos. Deshazte de ellos. —La Sombra hizo una pausa—. Es broma. No los regales. Cada trofeo es una partida que ganaste. O que casi ganaste. O que perdiste pero te dieron mención honorífica porque el jurado te tenía cariño. Son tus cicatrices de metal. No se regalan las cicatrices.
—Eso es sorprendentemente poético.
—He estado leyendo. El aburrimiento hace eso.
Finalmente, la Reina Blanca convocó una reunión de emergencia en el salón del trono (el poco espacio que quedaba sin trofeos).
—Propongo —dijo con su voz serena— que construyamos un museo. El Museo de las Victorias de Martina. Con salas temáticas. Sala de Aperturas. Sala de Medio Juego. Sala de Finales. Sala de Clavadas. Sala de Bigotes, donada por Peoncito.
—Yo no he donado nada —dijo Peoncito.
—Lo harás. Confío en ti.
—Bueno, si confías en mí...
—No me queda otra. Eres el único peón con bigote del reino. El marketing es importante.
Martina miró a su alrededor. Las pilas de trofeos. Las copas en la bañera del Rey Blanco. Las medallas colgando de las almenas de Torreta. El museo propuesto. Y sonrió.
—En mi mundo —dijo— tengo el mismo problema. Pero en versión más pequeña. Mi mesita de noche ya no da para más. Mi mamá dice que las medallas ocupan demasiado espacio. Mi papá dice que debería venderlas. —Hizo una pausa—. Yo digo que debería comprar otra mesita.
—Eso —dijo Peoncito— es una solución. Poco práctica, pero solución. Como mi bigote. No sirve para nada, pero está ahí.
—Tu bigote te da personalidad.
—Gracias. El tuyo también.
—No tengo bigote.
—Lo sé. Pero si lo tuvieras, te daría personalidad. Es un cumplido preventivo.
Fin del vigesimonoveno cuento.
Continuará…
🏛️ El Secreto detrás del Cuento
Acumular trofeos es bonito. Pero lo importante no es el metal: es lo que recuerdas cada vez que lo miras. Esta partida es una de las muchas que Martina jugó para ganarlos.
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