Martina
Cuento 30

El Problema de Ganar

Donde Martina va al Campeonato Nacional, gana en todo, no puede cargar sus propios trofeos, y descubre que el verdadero desafío no es ganar: es encontrar dónde meter lo que ganas

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El Campeonato Nacional era lo más grande que Martina había jugado hasta la fecha. Tres días. Tres ritmos. Viernes: blitz (3+0, el de verdad). Sábado: rápidas (15+5). Domingo: clásicas (60+30, donde podías pensar, dudar, arrepentirte y volver a pensar sin que el reloj te gritara). Al final del domingo, sumaban los puntos de los tres torneos y el que más tenía se llevaba el título absoluto.

Martina se preparó como nunca. Durmió ocho horas cada noche. Comió empanadas de Apertura Italiana (literalmente: su papá había encontrado una receta en internet y se había pasado la semana friendo). Repasó sus líneas. Visualizó sus partidas. Y sobre todo, se repitió su mantra: «Juega para ganar. Disfruta. Respeta. El resultado ya se verá.»

El resultado se vio. Y fue espectacular.

🏆 🏆 🏆

Viernes. Blitz. Martina jugó como una exhalación con cerebro. Once rondas. Once rivales. Once pulsaciones de reloj. Ganó ocho, empató dos, perdió una contra un chico de quince años que movía las piezas antes de pensar (literalmente: movía y luego miraba qué había pasado, como quien tira un dado y espera el resultado). Quedó segunda. Medalla de plata. Grande. Pesada. Con un caballo grabado.

Sábado. Rápidas. Quince minutos con incremento. Tiempo para pensar pero no para dormirse. Martina encontró un ritmo perfecto: ni demasiado rápido (para no cometer errores de blitz), ni demasiado lento (para no quedarse sin tiempo). Ganó siete de nueve. Quedó primera. Medalla de oro. Enorme. Pesadísima. Con una torre grabada que parecía más un castillo de verdad que una pieza de ajedrez.

—Esto pesa más que mi mochila —dijo Martina, colgándosela del cuello.

—Es el peso de la victoria —dijo su papá.

—La victoria me está dando tortícolis.

—Eso es nuevo.

🏆 🏆 🏆

Domingo. Clásicas. La prueba más larga. La más exigente. La que separaba a los que jugaban bien de los que jugaban bien durante mucho rato. Martina jugó seis horas. Seis horas de concentración absoluta. Seis horas de calcular variantes. Seis horas de no levantarse al baño porque «si me levanto pierdo la concentración y Polgar nunca se levantaba al baño en los torneos —bueno, igual sí, pero seguro que aguantaba más que yo—».

Ganó cinco de siete. Empató dos. Segunda otra vez. Plata otra vez. Más grande que la anterior. Con un peón grabado que llegaba a la octava fila y se convertía en... un trofeo. Meta-trofeo. Trofeo sobre trofeo.

Y luego vino la clasificación general. Suma de los tres torneos. Blitz + rápidas + clásicas. Los puntos se acumulaban. Los nervios se acumulaban. Las medallas se acumulaban.

Primer puesto absoluto. Martina.

Su nombre apareció en la pantalla gigante del polideportivo. En mayúsculas. Con confeti digital. Con una copa animada que daba vueltas. Martina sintió que el corazón le daba tres vueltas también.

🏆 🏆 🏆

Y entonces llegó el problema.

La ceremonia de entrega era inmediatamente después de la clasificación. Todos los ganadores tenían que subir al podio con sus trofeos para la foto oficial. Todos. Con TODOS sus trofeos. Las medallas de cada torneo. La copa absoluta. Las menciones. Martina tenía cinco. Cinco premios. Dos de plata (blitz y clásicas), uno de oro (rápidas), la copa absoluta (enorme, de cristal, con forma de tablero) y una mención especial por «Mejor Jugadora Sub-10 del Campeonato». Cinco objetos. Dos manos.

—No puedo cargar con todo —dijo Martina.

—Claro que puedes —dijo su papá—. Eres Martina.

—Martina tiene nueve años y dos brazos. La física no negocia.

Probó. Se colgó las dos medallas de plata del cuello. La de oro en la muñeca izquierda. La mención especial en la muñeca derecha. La copa absoluta... ¿dónde? Intentó sujetarla con el codo. Se le cayó. Intentó con la barbilla. Peor. Intentó pedir ayuda. El árbitro dijo que las fotos eran individuales. «Cada ganador con sus trofeos. Sin ayudantes. Es la tradición.»

—Es una tradición horrible —murmuró Martina.

—Todas las tradiciones lo son —respondió Peoncito desde la mochila—. Por eso son tradiciones.

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La foto del podio fue épica. En el sentido de «parecía una escena de comedia muda». Martina subió con las medallas tintineando, la copa tambaleándose, la mención resbalándose del brazo. Los otros ganadores la miraban entre divertidos y solidarios. El fotógrafo dijo «sonrían» y Martina sonrió. Con los dientes apretados porque estaba haciendo fuerza con todo el cuerpo para que no se le cayera nada. La sonrisa le salió extraña. Como si estuviera a punto de estornudar. Como la Reina Negra en sus peores momentos.

Martina haciendo malabares en el podio con todos sus trofeos

La foto apareció al día siguiente en la web de la federación. Martina salía con los brazos extendidos como un espantapájaros cargado de metal, la copa a punto de caerse, y una expresión que mezclaba orgullo, pánico y ganas de que alguien inventara ya la mochila para trofeos.

Peoncito, desde el bolsillo, comentó: «Has salido bien. Pareces un árbol de Navidad. Pero con más medallas.»

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El verdadero desafío llegó en casa.

La colección de Martina ya ocupaba dos estanterías, el alféizar de la ventana, una repisa del baño (su mamá había movido las toallas para hacer sitio) y el borde de su escritorio. Con los nuevos trofeos, el sistema colapsó. Literalmente. La estantería del alféizar se venció bajo el peso de la copa absoluta y tres medallas terminaron en la maceta del cactus.

—Esto no puede seguir así —dijo su mamá, sacando una medalla de entre las espinas—. El cactus tiene más condecoraciones que un general.

—Podemos comprar una vitrina —dijo su papá.

—Ya tenemos una vitrina. Está llena.

—Otra vitrina.

—No hay espacio para otra vitrina.

—Tiramos el sofá.

—No vamos a tirar el sofá para poner trofeos.

—Era una idea.

🏆 🏆 🏆

La solución llegó de donde menos lo esperaban: de la mamá. Que entró en la habitación de Martina con una caja de plástico transparente, de esas que se usan para guardar zapatos, y dijo: «Aquí. Mete los trofeos pequeños. Los grandes los pones en la estantería de arriba. Las medallas las cuelgas de un panel de corcho. Y la copa absoluta... —la miró—... la ponemos en el centro del living. Como decoración.»

—¿En el living? —Martina no daba crédito—. ¿Como un jarrón?

—Como un jarrón. Pero mejor. Los jarrones no significan nada. Esto significa que ganaste.

—Pero... ¿y si la tira alguien?

—Le pones un cartelito: «Copa Absoluta. No tocar. Gracias.»

—Eso es muy...

—Eficiente. Soy tu madre. La eficiencia es mi segunda naturaleza. La primera es darte de comer.

La gran copa absoluta decorando el living con su cartel de advertencia
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Esa noche, Martina se sentó en su cama y miró su habitación transformada. Panel de corcho con medallas. Caja de plástico con trofeos pequeños. Copa absoluta en el living (con cartelito). Orden. Sistema. Paz.

Peoncito, desde la almohada, observó el nuevo orden con aprobación.

—Tu madre es una genia —dijo—. Debería organizar el reino. El castillo del Rey Blanco es un caos. Sigue habiendo una copa en la bañera.

—Mi madre no puede ir al reino. Es un sueño.

—Los sueños no tienen fronteras. Ni aduanas. Ni control de pasaportes. —Peoncito se ajustó el bigote—. Dile que venga. Le ofrecemos el puesto de Ministra de Organización de Trofeos. Con sueldo. Bueno, sin sueldo. Pero con empanadas gratis.

Martina sonrió. Y mientras se dormía, pensó en lo extraño que era tener como mayor problema no saber dónde meter lo que ganabas. Había niños que no tenían medallas. Había niños que no tenían tablero. Y ella se quejaba de que le sobraban trofeos.

—Es un buen problema —dijo en voz alta.

—El mejor —respondió Peoncito—. Ojalá todos los problemas del mundo fueran «dónde meto este oro». El mundo sería un lugar mucho más brillante. Y pesado. Muy pesado.

Fin del trigésimo cuento.
Continuará…

🏛️ El Secreto detrás del Cuento

Ganar está bien. Ganar mucho está mejor. Pero lo importante no es cuántas medallas tienes, sino cuántas partidas disfrutaste mientras las conseguías. Y que tu madre no use la copa como jarrón.

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