El Segundo Lugar
Donde Martina juega el torneo más importante del año, y descubre que a veces lo que buscas te encuentra cuando dejas de perseguirlo
♟️ Ver la partida final ↓▶️ ¿Prefieres escuchar la historia? Clic aquí para ver el Audiolibro Animado
Era el último torneo antes del verano. El más grande. El que todos los clubes de la región esperaban durante meses. Doscientos jugadores. Siete rondas. Y un solo objetivo para Martina: jugar. Como siempre. Para ganar. Disfrutando. Respetando. Sin pensar en medallas.
—Hoy no pienso en la colección —le dijo a Peoncito mientras se colocaba la mochila—. Hoy pienso en el tablero. Lo demás... ya llegará. O no. Pero no voy a forzarlo.
—Eso es muy maduro —dijo Peoncito desde el bolsillo.
—Deja de decir eso.
—Es que es verdad. Eres madura. Es un hecho. Como mi bigote. Como las empanadas de Torreta. Como la Ŋ del Caballo.
—La Ŋ no existe.
—Existe en nuestros corazones.
Primera ronda. Martina ganó en dieciséis jugadas. Segunda ronda. Ganó en veintidós. Tercera ronda. Empató contra un chico de diecisiete años con Elo 2000 que jugaba la Defensa Francesa como si la hubiera inventado él. Martina resistió, contraatacó, y cuando el chico le ofreció tablas, ella las aceptó porque eran tablas justas. No por colección. Por ajedrez.
Cuarta ronda. Ganó. Quinta ronda. Ganó. Sexta ronda. Ganó. Estaba a una partida de la final. Una partida de decidir si sería primera, segunda, tercera o cuarta. Y por primera vez en todo el torneo, Martina sintió que el resultado no importaba. No porque no quisiera ganar —siempre quería ganar— sino porque ya había ganado algo más importante: había jugado seis partidas sin pensar ni una sola vez en la medalla que le faltaba.
—Estás distinta —dijo Peoncito entre rondas—. Más... tranquila.
—Estoy jugando —dijo Martina—. Solo jugando.
—Antes también jugabas.
—Antes jugaba y coleccionaba. Hoy solo juego. Es más ligero. Como una empanada sin relleno extra. Solo masa. Solo juego.
La última ronda. Mesa 1. Martina vs. una chica de catorce años llamada Valeria. Elo 2100. Invicta en el torneo. Jugaba la Siciliana con la misma naturalidad con la que respiraba. No sonreía. No hablaba. No pestañeaba. Era una máquina. Pero una máquina elegante. Como un motor que hubiera aprendido modales.
Martina jugó con blancas. e4. Valeria respondió c5. Siciliana. Martina sonrió para sus adentros. La Siciliana era su vieja amiga. La había jugado cientos de veces. La había estudiado, la había sufrido, la había amado. No le temía. Le tenía respeto. Que es mejor.
La partida fue la más dura del año. Valeria era mejor. Eso estaba claro. Pero Martina no se rindió. Cada jugada de Valeria era precisa. Cada respuesta de Martina era obstinada. Valeria atacaba como una tormenta de verano. Martina defendía como un dique de contención. Aguantaba. Resistía. No se rompía.
En la jugada veintinueve, Valeria encontró una combinación que Martina no esperaba. Un sacrificio de alfil en h6 que abría el enroque como quien abre una lata de refresco. Martina vio el mate tres jugadas después. Y lo aceptó.
—Abandono —dijo, y volcó su rey.
Valeria la miró. Sus ojos de máquina elegante se suavizaron un poco. Solo un poco. Lo justo para que Martina supiera que detrás de la máquina había una persona.
—Buena partida —dijo Valeria.
—Buena tú —respondió Martina.
La clasificación final apareció en la pantalla. Martina deslizó el dedo hacia abajo, buscando su nombre.
1. Valeria.
2. Martina.
3. ...
Segundo puesto. Plata. La medalla que faltaba.
Martina se quedó mirando la pantalla. No sintió euforia. No sintió decepción. Sintió... paz. La paz de quien ha jugado lo mejor que podía, ha perdido contra alguien mejor, y ha conseguido exactamente lo que merecía.
—Lo tienes —dijo Peoncito, asomando la cabeza—. La medalla. La plata. La que faltaba. La colección completa.
Martina asintió.
—La tengo.
—¿Y cómo te sientes?
Martina lo pensó.
—Me siento segunda. Y contenta. Porque he jugado para ser primera y he sido segunda. Si hubiera jugado para ser segunda, probablemente habría sido cuarta. O quinta. O nada.
—Eso es profundo.
—Lo sé.
—No, en serio. Muy profundo. ¿Lo has leído en algún sitio?
—Lo he vivido.
La ceremonia de entrega de medallas fue en el centro del polideportivo. Valeria recibió el oro. Martina recibió la plata. Un chico llamado Omar recibió el bronce. Y cuando Martina tuvo la medalla en sus manos —una medalla de plata de verdad, fría, pesada, con un peón grabado que esta vez NO estaba torcido— sintió algo que no esperaba sentir.
No era la emoción de completar una colección. Era la emoción de haber jugado. Solo jugado. Sin expectativas. Sin cálculos externos. Sin pensar en vitrinas ni en estanterías. Solo el tablero. Solo la partida. Solo el juego.
—La colección está completa —dijo Peoncito esa noche, instalado en la almohada—. Del primero al quinto. Y mejor dama. Y mención de honor. Y lo que surja. Eres la coleccionista más completa del multiverso.
Martina miró sus medallas, alineadas en la mesita de noche. Ocho piezas de metal. Ocho recuerdos. Ocho partidas que habían terminado de formas distintas pero que tenían algo en común: en todas, Martina había jugado para ganar.
—¿Sabes qué? —dijo—. Creo que ya no quiero coleccionar más.
—¿No? —Peoncito casi se atraganta con su propio bigote— ¡Pero si eres la Coleccionista! ¡Con mayúscula! ¡La C de Coleccionista es más grande que mi bigote!
—Lo era. Ahora soy... —Martina buscó la palabra—... jugadora. Solo jugadora. Que a veces gana, a veces pierde, a veces queda segunda, a veces quinta. Y siempre juega.
—Eso es...
—Maduro, lo sé.
—Iba a decir bonito. Pero maduro también.
Martina apagó la luz. Las medallas brillaron un segundo en la oscuridad antes de apagarse. Y ella sonrió. Porque la colección estaba completa. Pero el juego... el juego no terminaba nunca.
Fin del vigesimoctavo cuento.
Continuará…
🏛️ El Secreto detrás del Cuento
A veces lo que más deseas solo llega cuando dejas de perseguirlo. El segundo puesto no se fuerza: se gana compitiendo por el primero. Y cuando llega, sabe mejor que cualquier atajo.
¿Te gustó este cuento? Compártelo: