Martina
Cuento 27

La Medalla Esquiva

Donde la Sombra le ofrece a Martina una forma fácil de conseguir lo que le falta, y Martina descubre que hay atajos que no llevan a ninguna parte

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Martina se durmió contando medallas. Oro, bronce, mención, Mejor Dama, quinto puesto... y un hueco. Un hueco con forma de plata. Un hueco que brillaba por su ausencia como una casilla vacía en un tablero a punto de recibir un jaque mate.

Despertó en el Reino de las Sesenta y Cuatro Casillas. Pero no en el centro, ni en el castillo, ni en el campo de entrenamiento. Despertó en la esquina a1. La esquina más oscura. La que nadie visitaba. La que olía a humedad y a secretos mal guardados.

La Sombra estaba allí, apoyada contra la pared de obsidiana, con su cuaderno nuevo (iba por el tercero ya) y una expresión que, si las sombras tuvieran expresiones, habría sido «tengo una propuesta que no puedes rechazar.»

La Sombra le propone un atajo a Martina

—Te falta una medalla —dijo la Sombra, sin preámbulos—. La de plata. La del segundo puesto. La que completa tu colección.

—Lo sé.

—Y no la consigues. Porque eres demasiado buena. Siempre ganas o quedas tercera. Nunca en el medio justo. Como un sándwich sin la rebanada de en medio.

—Los sándwiches no tienen rebanada de en medio.

—Los míos sí. Soy la Sombra. Mis sándwiches son diferentes.

🥈 🥈 🥈

La Sombra abrió su cuaderno. En una página nueva, había dibujado un diagrama. Un árbol de torneo. Con nombres. Con flechas. Con resultados.

—Hay un torneo —dijo—. Mañana. En tu mundo. Un regional pequeño. Si juegas como siempre, ganarás. Serás primera. Otra medalla de oro. La octava. Qué aburrimiento.

—Ganar nunca es aburrido.

—Ganar siempre es predecible. Y lo predecible es aburrido. —La Sombra pasó una página—. Pero hay otra opción. Si pierdes en la final a propósito...

Martina la interrumpió antes de que terminara.

—No.

—Ni siquiera me has dejado terminar.

—No hace falta. Sé lo que vas a decir. Perder a propósito. Dejarte ganar. Regalar la partida para conseguir la medalla que me falta. —Martina negó con la cabeza—. Eso no es coleccionar. Es hacer trampa. Y yo no hago trampa.

La Sombra se quedó en silencio. Luego, muy bajito, dijo:

—Lo sabía.

—¿Qué?

—Que dirías que no. Lo sabía desde antes de hacer la propuesta. Pero tenía que intentarlo. Es mi naturaleza. Soy la Sombra. Sugiero atajos. Es lo que hago. —Cerró el cuaderno—. Pero me alegro de que hayas dicho que no.

—¿Te alegras?

—No se lo digas a nadie. Pero sí. Porque si hubieras dicho que sí... —la Sombra se encogió—... habrías dejado de ser tú. Y yo colecciono Martina. No medallas.

🥈 🥈 🥈

En ese momento, Peoncito apareció corriendo —bueno, avanzando de uno en uno, que es su velocidad máxima—. Llevaba un sobre en la mano. Un sobre dorado con un sello de cera.

—¡Han llegado los resultados de las Olimpiadas del Tablero! —gritó—. ¡Los finales! ¡Las clasificaciones! ¡He quedado tercero en la prueba de bigotes!

—¿Tercero? —Martina frunció el ceño—. Pero si eras el único participante.

—Sí, pero el jurado dijo que mi bigote tenía «irregularidades en el encerado» y «asimetría crónica». Me bajaron la nota. —Peoncito se ajustó el bigote con dignidad—. Pero tercero es un puesto. Y yo colecciono puestos. Como tú coleccionas medallas.

—Tú no coleccionas nada.

—Colecciono experiencias. Y bigotes. Tengo tres. Uno en la cara, uno de repuesto en el bolsillo y uno de gala para ocasiones especiales.

🥈 🥈 🥈

El Alfil Exiliado se acercó deslizándose por su diagonal de siempre. Su mitra estaba recién planchada y su expresión era de quien acaba de tener una revelación.

El Alfil Exiliado explica su Diagonal de Sabiduría

—He estado pensando —dijo—. Sobre tu colección. Sobre el segundo puesto. Sobre por qué no llega.

—¿Y?

—Llevas meses persiguiendo una medalla que no depende de ti. El primer puesto depende de ti: juegas bien, ganas. El tercero depende de ti: juegas bien, pierdes en semifinales. Pero el segundo... —el alfil hizo una pausa dramática—... el segundo depende de que alguien sea mejor que tú en la final. Y eso no lo controlas tú.

Martina se quedó en silencio. El Alfil Exiliado, por segunda vez en su historia, tenía razón. Y eso merecía ser registrado.

—El segundo puesto no se persigue —continuó el alfil—. El segundo puesto te encuentra. Cuando eres lo bastante buena para llegar a la final pero no lo bastante para ganarla. Y ese día llegará. O no. Pero no puedes forzarlo. Porque forzar el segundo puesto es forzar la derrota. Y tú no fuerzas derrotas.

—Eso es... —empezó Peoncito.

—Profundo, lo sé. He estado practicando. Tengo un cuaderno de frases inspiradoras. Se llama «Diagonal de Sabiduría». Solo tiene dos páginas. Pero estoy trabajando en la tercera.

🥈 🥈 🥈

Martina se levantó. Miró a la Sombra, que seguía en su esquina. Miró a Peoncito, que seguía ajustándose el bigote. Miró al Alfil Exiliado, que seguía esperando validación para su frase.

—Voy a seguir jugando —dijo—. Como siempre. Para ganar. Para disfrutar. Para respetar. Y si algún día llega el segundo puesto... llegará. Y si no llega... —sonrió—... significará que siempre fui primera. Y coleccionar oros tampoco está mal.

—Eso es muy maduro —dijo Peoncito.

—Soy madura.

—Eres insoportablemente madura. Pero me gusta. ¿Puedo usar tu frase en mi cuaderno?

—¿Tú también tienes un cuaderno de frases?

—Claro. Se llama «Reflexiones de un Peón con Bigote». Solo tiene frases sobre bigotes. Pero estoy diversificando.

Fin del vigesimoséptimo cuento.
Continuará…

🏛️ El Secreto detrás del Cuento

Hay resultados que no puedes forzar. El segundo puesto depende de que alguien sea mejor que tú en la final. Y eso no lo decides tú. Lo único que decides es cómo juegas cada partida.

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