El Botín
Donde Martina extiende sus medallas sobre la cama como un pirata extiende su tesoro, y descubre que coleccionar puestos es más difícil —y más divertido— de lo que parece
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La colección empezó en serio un sábado de marzo. Martina extendió sus medallas sobre la cama, una al lado de la otra, como un general revisando sus condecoraciones antes de una nueva campaña.
Tenía cuatro: primer puesto (oro), tercer puesto (bronce), quinto puesto (mención de honor) y Mejor Dama (trofeo de reina-peón). Le faltaba una. La de plata. La del segundo puesto. La más escurridiza.
—Es como coleccionar cromos —le explicó a su papá—. Pero en vez de abrir sobres, abres partidas. Y en vez de pegarlos en un álbum, los cuelgas del orgullo.
Su papá asintió lentamente. Ya había aprendido a no cuestionar las metáforas de su hija.
—¿Y cómo piensas conseguir el segundo puesto?
—Jugando —dijo Martina—. Como siempre. Para ganar. Si gano, soy primera. Si pierdo en la final, soy segunda. Si pierdo antes, soy tercera, cuarta o lo que toque. No puedo forzarlo. Solo puedo jugar.
—O sea que no vas a perder a propósito para ser segunda.
Martina lo miró con el mismo horror con que miraría a alguien que sugiriera cambiar una dama por un peón sin compensación.
—Perder a propósito es una falta de respeto. Al rival, al tablero y a mí misma. Si quiero el segundo puesto, lo conseguiré jugando para ser primera. Y si no lo consigo nunca, será porque siempre fui primera. Y eso... —hizo una pausa—... no es un problema.
El primer torneo de la temporada fue un regional en un pueblo costero. Polideportivo con olor a salitre, mesas de plástico blanco, y un árbitro que llevaba bermudas porque «en la playa no se arbitra con pantalón largo, es de mala educación».
Martina jugó bien. Muy bien. Ganó la primera, la segunda, la tercera. Llegó a la final. Y ganó la final. Primer puesto. Medalla de oro. Otra más. La quinta.
—Otra de oro —dijo Peoncito desde la mochila—. A este ritmo, vas a poder abrir una joyería.
—Necesito plata.
—Eso suena mal. Como si estuvieras pidiendo dinero.
—Necesito el segundo puesto.
—Eso suena peor. Como si quisieras perder.
—Quiero coleccionar. Que es distinto.
—Coleccionar es acumular. Acumular es de dragones. ¿Eres un dragón, Martina?
—Soy una coleccionista. Los dragones escupen fuego. Yo escupo clavadas.
El segundo torneo fue un abierto en la capital. Más grande. Más duro. Martina ganó las dos primeras rondas, empató la tercera, ganó la cuarta y perdió la quinta contra un maestro FIDE que jugaba como si el tablero fuera su sala de estar. Quedó cuarta. Medalla de... nada. En ese torneo solo daban medalla a los tres primeros.
—Cuarto puesto no medalla —dijo Peoncito—. Cuarto puesto es diploma. El diploma es el primo pobre de la medalla. El que invitan a la boda pero no al banquete.
—Los diplomas también valen —dijo Martina—. Pero no son lo que busco.
El tercer torneo fue uno escolar. Pequeño. Íntimo. Ganó. Otra medalla de oro. La sexta.
El cuarto torneo fue por equipos. Su club —los once que quedaban después de la desbandada de los Halcones— quedó tercero. Medalla de bronce para el equipo. Martina sumó otra a su colección.
—Oro, bronce, oro, bronce —canturreó Peoncito—. Es como un semáforo. Pero sin verde. El verde no existe en las medallas. Sería raro. Una medalla verde. Parecería una lechuga.
En el quinto torneo, Martina hizo algo que no esperaba: quedó quinta. Justo detrás del cuarto, justo delante del sexto. Medalla de participación mejorada. Mención de honor. Un trofeo pequeñito con un peón plateado.
—Esto no es una medalla de plata —dijo Martina, examinándolo—. Pero es un quinto puesto. Y no tenía ninguno.
—Tu colección es cada vez más variada —observó Peoncito—. Como el menú de Torreta. Tienes de todo menos lo que de verdad quieres.
—Como la empanada de Fianchetto.
—Exacto. Nadie la pide. Pero algún día alguien la pedirá. Y ese día será glorioso.
La racha continuó. Martina ganó otro primer puesto. Luego un cuarto (en un torneo donde daban medalla hasta el quinto, así que sumó). Luego otro tercero. Las medallas se acumulaban en su mesita de noche como condecoraciones de una guerra que no terminaba nunca.
Pero el segundo puesto seguía sin aparecer. Plata esquiva. Fantasma plateado. Unicornio de metal.
—Es una maldición —dijo Peoncito una noche, instalado en la almohada—. La maldición del subcampeón ausente. Conozco a alguien que la tuvo.
—Ya me contaste lo del alfil. Se jubiló catorce veces.
—No, esta es nueva. Es la historia del peón que siempre quedaba segundo. Espera, no, siempre quedaba primero. No, espera... —Peoncito frunció el bigote—. No conozco a nadie con esa maldición. Me la acabo de inventar. Pero quedaba bien.
Martina se recostó. Miró sus medallas. Seis. Siete con la mención. Una colección incompleta. Como un tablero al que le falta un alfil. Como una apertura sin desarrollo. Como una empanada sin relleno.
—Seguiré jugando —dijo—. Y cuando llegue el segundo puesto, llegará. Y si no llega, será porque siempre estuve demasiado arriba. Y eso... —apagó la luz—... no está nada mal.
Fin del vigesimosexto cuento.
Continuará…
🏛️ El Secreto detrás del Cuento
En el ajedrez, como en la vida, hay resultados que no puedes forzar. Juegas para ganar, juegas para disfrutar, y el resultado es una consecuencia, no un objetivo. Las medallas son el eco de tus partidas, no las partidas mismas.
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