Martina
Cuento 25

La Coleccionista

Donde Martina mira el tablero infinito y decide que quiere coleccionar algo más que piezas: quiere todas las medallas, todos los puestos, todas las formas de ganar... y de casi ganar

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Todo empezó con una medalla. Una medalla de tercer puesto en un torneo regional que Martina ni siquiera recordaba haber jugado. Era de metal dorado —falso, obviamente, pero brillaba— y tenía grabado un caballo saltando. El caballo estaba torcido, como si el grabador hubiera intentado hacer una L y le hubiera salido una Ŋ. A Martina le encantó. La puso en su mesita de noche, junto a su tablero portátil y su libreta de aperturas.

Luego vino otra. Primer puesto. Plata de verdad —o eso decía el certificado—. Luego otra. Quinto puesto. Bronce. Luego otra. Mejor Dama del torneo. Un trofeo diminuto con forma de reina que parecía más un peón con corona que una dama de verdad, pero que a Martina le gustaba precisamente por eso.

Una noche, mirando las cuatro medallas alineadas en su mesita, Martina tuvo una idea. Una idea de esas que aparecen sin avisar y se instalan en el cerebro como un alfil en una diagonal vacía.

—Quiero coleccionarlas todas —dijo en voz alta—. Del primer puesto al quinto. Y Mejor Dama. Y lo que surja. Quiero tener una de cada. Como una colección de cromos. Pero con medallas.

Su papá, desde la puerta, la miró con esa expresión de «mi hija es maravillosa y aterradora al mismo tiempo».

—Eso es muy ambicioso.

—Soy ambiciosa.

—¿Y si no consigues alguna?

—Entonces la persigo. Como un peón pasado. Como una clavada a tres jugadas. Como una empanada de Apertura Italiana cuando Torreta ya ha cerrado el carrito: con esperanza y determinación.

🏅 🏅 🏅

Esa noche, se durmió pensando en medallas. En puestos. En premios. Y despertó en el Reino de las Sesenta y Cuatro Casillas, donde las piezas estaban celebrando algo.

—¿Qué pasa? —preguntó a Peoncito, que llevaba una medalla colgada del bigote. Una medalla diminuta que decía: «MEJOR BIGOTE DEL REINO — TERCERA EDICIÓN — JURADO POPULAR.»

—Son las Olimpiadas del Tablero —dijo Peoncito—. Las organiza la Reina Blanca cada doscientos años. Hay competiciones de todo tipo. Salto de caballo. Velocidad de enroque. Captura al paso cronometrada. Y por supuesto, partidas. Muchas partidas.

Peoncito con su medalla al mejor bigote del reino

Martina miró a su alrededor. El reino estaba engalanado con banderines de escaques. Torreta tenía un puesto de empanadas olímpicas (con aros olímpicos hechos de masa de colores). El Caballo de Ŋ participaba en la prueba de salto y llevaba tres intentos: dos Ŋ y una L. Estaba mejorando.

—Hay medallas para todo —continuó Peoncito—. Primer puesto, segundo, tercero... hasta el octavo. Y luego están las medallas especiales: Mejor Apertura, Mejor Final, Mejor Sacrificio, Mejor Bigote... —se señaló la suya—. Esa última es nueva. La propuse yo.

—¿Y ganaste?

—Era el único participante. Pero una victoria es una victoria.

🏅 🏅 🏅

Martina se inscribió en todo. En las partidas individuales, en las de equipo (con el Alfil Exiliado y Torreta de compañeros), en la exhibición de ataques al enroque, en el concurso de clavadas (el Alfil Exiliado era el juez y fue acusado de favoritismo cuando le dio un diez a una clavada que había hecho él mismo).

Ganó el primer puesto en individual. Medalla de oro. La colgó de su cuello imaginario —en el reino no tenía cuello, pero el gesto servía—. Ganó el tercer puesto en la exhibición de sacrificios. Medalla de bronce. Ganó el quinto puesto en la prueba de finales (el Rey Blanco quedó cuarto, lo cual era un logro histórico considerando que hacía tres cuentos no sabía caminar).

Pero había un problema. Un problema con forma de medalla de plata.

El segundo puesto.

Martina no lo conseguía. En individual, ganaba o quedaba tercera. En equipo, su equipo quedaba primero o cuarto. En clavadas, el Alfil Exiliado se declaraba ganador por default (y por juez, y por participante, y por público). El segundo puesto era escurridizo. Como un peón pasado que nunca llega. Como una L perfecta del Caballo de Ŋ.

—Es una maldición —dijo Peoncito—. La maldición del segundo puesto. Conozco a un alfil que la tuvo. Estuvo cuatrocientos años intentando quedar segundo y siempre quedaba primero o tercero.

—¿Y qué hizo?

—Se jubiló. Catorce veces.

—Ese es el Alfil Exiliado.

—Ah, es verdad. —Peoncito se ajustó el bigote—. Es que todos los alfiles se parecen.

🏅 🏅 🏅

En la última prueba del torneo, Martina jugó contra la Reina Negra por el subcampeonato. Si ganaba, era segunda. Si perdía, era cuarta. No había tercera opción.

La Reina Negra llegó sin pañuelos. «Ya no los necesito —dijo—. He superado mi alergia. Bueno, la he reducido. Bueno, ahora solo estornudo si el jaque mate es especialmente bonito. Y contra ti, suelen serlo. Así que traigo un pañuelo. Por si acaso. Uno solo. Es progreso.»

Martina jugó con todo. Como siempre. Sin reservas. Sin especulaciones. Su mantra era simple: «Cada partida es independiente. Juegas para ganar. Disfrutas. Respetas al rival. El resultado llega solo.»

La partida fue durísima. En la jugada dieciocho, Martina sacrificó una torre. En la veintidós, la Reina Negra encontró una defensa que Martina no había visto. En la treinta, el final era de infarto. Y en la treinta y seis...

Jaque mate. De Martina.

—¡Segundo puesto! —gritó Peoncito—. ¡Plata! ¡La maldición se ha roto! ¡El universo tiene sentido! ¡Los bigotes vuelven a ser simétricos!

—Mi bigote nunca ha sido simétrico —dijo Martina.

—El mío tampoco. Pero la emoción me hace decir tonterías. Es mi trabajo.

La Reina Negra estornudó. Una vez. Seca. Elegante. Y sonrió. —Un estornudo. Solo uno. He progresado.

Martina colgó la medalla de plata junto a las demás. Cinco medallas. Cinco puestos distintos. Cinco formas de ganar. Porque incluso el segundo puesto era una victoria si habías jugado para ser primera.

Martina y la Reina Negra celebrando el segundo puesto

—¿Y ahora qué? —preguntó Peoncito—. ¿Ya tienes todas?

Martina miró sus medallas imaginarias y sonrió.

—Ahora empiezo de verdad. En mi mundo. En mis torneos. Esto era el entrenamiento.

—Esto era un juego.

—Todo es un juego. Unos más serios que otros. Pero todos juegos. Y en todos se juega igual: para ganar, para disfrutar, para respetar.

Fin del vigesimoquinto cuento.
Continuará…

🏛️ El Secreto detrás del Cuento

Coleccionar puestos no es una cuestión de ambición: es una forma de medir tu progreso. El primero dice que fuiste el mejor. El quinto dice que mejoraste respecto al sexto. Y el segundo dice que casi fuiste el mejor... y que la próxima vez puedes serlo.

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