Martina
Cuento 21

La Cacería

Donde Martina entrena con sus piezas leales, la Sombra estrena cuaderno nuevo, y Peoncito descubre que reencontrarse con un desertor duele más que una captura en diagonal

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Martina se durmió con la lista en la mano. Catorce nombres. Catorce desertores. Catorce partidas que jugar en los meses siguientes. La lista no era un papel. Era un mapa. Un mapa de batallas futuras que aún no se habían librado.

Despertó en el Reino de las Sesenta y Cuatro Casillas. Pero no en el castillo del Rey Blanco, ni en el centro del tablero. Despertó en lo que parecía un campo de entrenamiento. Había colchonetas. Había tableros portátiles. Había conos marcando casillas de entrenamiento. Y en el centro, Peoncito, con un silbato colgado al cuello y una camiseta que decía: «PREPARADOR FÍSICO DE PIEZAS LEALES — TAMBIÉN HAGO EMPANADAS LOS JUEVES.»

Peoncito con silbato y conos como entrenador físico de piezas en el tablero
🎯 🎯 🎯

—¡Bienvenida al campo de entrenamiento! —gritó Peoncito, haciendo sonar el silbato—. Hoy empezamos la cacería.

—¿La cacería?

—Así la hemos llamado. Suena más épico que «vamos a jugar contra los que se fueron». El marketing es importante. Lo aprendí del Rey Blanco. Lo del gimnasio. Funcionó.

🎯 🎯 🎯

El campo estaba lleno de piezas. Las que se habían quedado. El Alfil Exiliado supervisaba una clase de diagonales defensivas («recuerden: si solo tienen un color, háganlo valer»). Torreta había instalado un puesto de avituallamiento con empanadas proteicas («masa integral y relleno de Determinación»). El Caballo de Ŋ practicaba saltos de combate —y por primera vez en siglos, sus L eran casi perfectas. Casi. Un ochenta por ciento. Suficiente para la guerra.

La Reina Negra entrenaba con el Rey Blanco. Le enseñaba a usar la oposición en movimiento. «No es solo caminar —decía ella—. Es bailar con el enemigo. Tú adelante, él atrás. Tú atrás, él adelante. Como un tango. Pero con menos pasión y más cálculo.» El Rey Blanco asentía, concentrado. Sus pies ya no temblaban.

Y en una esquina, la Sombra. Con un cuaderno nuevo. Más grande que el anterior. Con más páginas. Con un título en la portada: «CAZA DE DESERTORES — VOLUMEN 1.»

—¿Otro cuaderno? —preguntó Martina.

—El anterior se llenó —dijo la Sombra—. Este es nuevo. Me lo compré yo misma. Bueno, lo robé. Las sombras no compran. Las sombras sustraen. Es más elegante.

—¿Y qué vas a escribir?

—Todo. Cada partida que juegues contra un desertor. Cada victoria. Cada derrota. Cada empate. —Abrió la primera página—. Esto es historia. Y yo soy la historiadora. Oficial. Autonombrada. Sin sueldo. Pero con estilo.

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A media mañana, llegó una visita inesperada. Un peón. Un peón con bigote. Pero no era Peoncito. Era más alto. Más delgado. Su bigote era más pequeño y estaba peinado hacia arriba, como un manubrio de bicicleta antigua.

—El primo —susurró Peoncito—. El que se fue. El que trabaja de rueda en... bueno, trabajaba. Ahora es alfil en el otro reino. Dice que le prometieron diagonales. Le dieron una. Una sola. Es diagonal de mentira. Solo va de a1 a a1. Es un punto.

El primo se acercó. No parecía feliz. Tampoco triste. Parecía... confundido. Como un peón que ha coronado alfil y no sabe cómo mover.

—He vuelto —dijo—. Bueno, estoy volviendo. Bueno, quiero volver. Bueno... —miró a Peoncito—. ¿Me aceptas?

Peoncito se quedó en silencio. El silencio más largo que Martina le había visto. Diez segundos. Quince. Veinte.

—Te fuiste —dijo finalmente—. Sin despedirte. Sin avisar. Dejaste a Torreta con tres ruedas. ¿Sabes lo difícil que es manejar un carrito de empanadas con tres ruedas? Las empanadas se caen. La masa se desparrama. Fue un desastre logístico.

—Lo sé —dijo el primo—. Me equivoqué.

—Sí. —Peoncito hizo una pausa—. Pero volviste. Y eso... también cuenta.

El primo sonrió. Su bigote de manubrio se torció hacia arriba.

—¿Puedo volver a ser rueda?

—Puedes. Pero esta vez, con contrato. Y sin cláusula de rescisión.

—Acepto.

Peoncito y su primo reconciliados junto al carrito de empanadas de Torreta
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Esa tarde, Martina jugó una partida de entrenamiento contra la Reina Negra y el Alfil Exiliado. Dos contra una. Para simular lo que sería enfrentarse a varios desertores en un mismo torneo.

La partida fue dura. Muy dura. La Reina Negra atacaba con precisión quirúrgica. El Alfil Exiliado defendía con sus diagonales limitadas pero efectivas. Martina tenía que dividir su atención. Como en un torneo real. Como en la vida.

En la jugada catorce, encontró la combinación decisiva alfil por f6. En la diecisiete, movilizó su torre a b3. En la veintiuna, dio jaque con el alfil y, en la veintidós, invadió con su torre la séptima fila, forzando la victoria.

—No está mal —dijo la Sombra, cerrando su cuaderno—. Para ser un entrenamiento. Pero recuerda: los desertores no van a jugar como la Reina Negra. Van a jugar como ellos. Con sus vicios. Con sus patrones. Con sus debilidades. Y tú los conoces. Por eso vas a ganar.

—¿Y si no gano?

—Entonces escribo «derrota» en el cuaderno. Y pasamos página. Literalmente. Tengo muchas páginas. Me robé el cuaderno más gordo que encontré.

🎯 🎯 🎯

Antes de irse, Martina se acercó a Peoncito. El peón estaba sentado en la séptima fila, mirando la octava. Su primo, ya reinstalado como rueda del carrito, pasó a su lado y le dio un golpecito en el hombro. O donde estaría el hombro. Los peones no tienen hombros. Pero el gesto se entendió.

—Has aceptado a tu primo —dijo Martina.

—Sí.

—¿Por qué? Se fue. Te dejó.

Peoncito se tomó su tiempo. Se ajustó el bigote. Dos veces. Una para la simetría. Otra para el valor.

—Porque volvió. Y porque sé lo que es querer irse. Todos los peones queremos coronar. A veces la desesperación te hace tomar atajos. Pero luego te das cuenta de que el atajo no era el camino. Y vuelves. Si tienes suerte, alguien te espera.

—¿Y tú lo esperaste?

—Sí. Porque soy su primo. Y porque mi bigote es más grande que su traición. Literalmente. Míralo. Es enorme.

Martina sonrió. Peoncito también. Y el bigote, por una vez, no se despegó.

Fin del vigesimoprimer cuento.
Continuará…

🏛️ El Secreto detrás del Cuento

Enfrentarse a varios rivales en un mismo torneo requiere resistencia mental y adaptación constante. Esta partida muestra cómo alternar entre estilos de juego sin perder tu identidad en el tablero.

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