Los Que se Fueron
Donde Martina llega a su club y encuentra más sillas vacías que piezas, y decide que la mejor forma de recuperar el honor es ganándolo en el tablero
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El sábado, Martina llegó al club de ajedrez como todos los sábados. Con su mochila, su tablero portátil, su libreta de aperturas y su determinación de costumbre. Pero algo estaba mal. Muy mal. La sala de entrenamiento, que normalmente bullía con quince o veinte niños moviendo piezas, discutiendo variantes, quejándose del reloj, pidiendo empanadas imaginarias... estaba vacía. O casi.
Quedaban cuatro. Cuatro jugadores de los dieciocho habituales. Y el profe. El profe estaba sentado en su silla, con un café que llevaba dos horas frío y una expresión que Martina solo le había visto cuando alguien colgaba una dama en una jugada.
—Se los llevaron —dijo el profe, sin preámbulos—. Los Halcones del Tablero. Un club nuevo. Bueno, nuevo no. Es el club de siempre pero con otro nombre y otro presupuesto. Al parecer, un señor con dinero decidió montar un equipo imbatible. Y para eso necesitaba a los mejores. Así que... —señaló las sillas vacías—... los fichó.
—¿A todos?
—A todos los que aceptaron. Que fueron catorce. Pagan inscripciones, pagan viajes a torneos, pagan uniformes con logo de halcón. —El profe dio un sorbo al café frío—. Incluso pagan empanadas en los torneos. De las buenas. No como las de...
—Como las de Torreta —completó Martina—. Lo sé.
Peoncito, desde la mochila, asomó la cabeza. Llevaba unas gafas de sol diminutas que había encontrado no se sabía dónde.
—Esto es grave —dijo—. Muy grave. Se han ido catorce. Es como perder catorce peones en la apertura. Técnicamente puedes seguir jugando, pero...
—Pero es muy difícil —dijo Martina.
—Es casi imposible. Aunque a ti te gusta lo casi imposible.
Martina recorrió la sala con la mirada. Reconoció a los cuatro que quedaban. Estaba Diego, un chico de diez años que jugaba la Defensa Francesa y nunca se rendía aunque tuviera torre de menos. Estaba Lucía, nueve años, especialista en finales de peones, capaz de calcular oposiciones más rápido que nadie. Estaba Samuel, doce años, que había empezado tarde pero estudiaba como un poseso. Y estaba Inés. La niña de las colitas del cuento doce. Seguía con sus colitas. Seguía con su libreta. Seguía aprendiendo.
—¿Por qué no te fuiste? —le preguntó Martina.
Inés levantó la vista de su libreta.
—Porque tú me enseñaste a bailar con un peón aislado. Y en el otro club me dijeron que los peones aislados son malos. Que hay que evitarlos. —Cerró la libreta—. No quiero un club donde los peones aislados sean malos. Yo sé que no lo son.
Martina sintió algo que no esperaba sentir. Orgullo. No por ella. Por Inés. Por los que se quedaban.
Esa tarde, Martina hizo algo que no había hecho nunca: una lista. No de aperturas. No de variantes. Una lista de nombres. Los catorce que se habían ido. Los apuntó en su libreta, con letra clara, uno debajo de otro. Al lado de cada nombre, una anotación: su estilo de juego, sus debilidades, sus fortalezas. Lo que sabía de ellos por haber entrenado juntos.
—Esto es un plan de batalla —dijo Diego, mirando por encima de su hombro.
—Es una lista de la compra —dijo Martina—. Voy a ir a por ellos. Uno por uno. En los torneos. Cuando me los encuentre, voy a jugar mi mejor ajedrez. No por venganza. Para demostrar que nuestro club no necesita halcones para volar.
—¿Y si pierdes?
—He perdido otras veces. Contra un tramposo. Contra un genio. Contra una sombra. Perder no es el problema. El problema es no intentarlo.
El profe se levantó de su silla. Dejó el café frío sobre la mesa. Se acercó a los cinco jugadores que quedaban. Cinco. Como los dedos de una mano. Como las piezas de un final. Como los que resisten cuando todo lo demás se ha ido.
—Voy a deciros algo que no debería deciros como profesor —dijo—. Pero os lo digo como persona. El club de los Halcones tiene más dinero, más jugadores, más recursos. Pero no tiene esto. —Señaló la sala medio vacía—. No tiene a los que se quedan. Porque los que se quedan no se quedan por dinero. Se quedan porque creen en algo. Y eso... —hizo una pausa—... no se compra.
—¿Ni con empanadas? —preguntó Lucía.
—Ni con empanadas.
—Entonces es grave de verdad —dijo Samuel.
Esa noche, Martina se sentó frente a su tablero en casa. Repasó la lista. Catorce nombres. Catorce partidas que jugar. No todas en un día. No todas en un mes. Pero todas.
Peoncito estaba en la almohada, con sus gafas de sol puestas aunque era de noche.
—Es una lista larga —dijo—. Muy larga. Casi tanto como la lista de cosas que no le gustan a la Reina Negra. Y esa lista es infinita.
—Las listas largas se acortan jugando.
—¿Y si no puedes con todos?
Martina apagó la luz.
—No necesito poder con todos. Necesito intentarlo con todos. Lo demás... ya se verá.
Fin del vigésimo cuento.
Continuará…
🏛️ El Secreto detrás del Cuento
En el ajedrez, como en la vida, a veces los equipos se deshacen. Pero los que se quedan, los que creen en algo más que resultados, son los que construyen algo que dura. Esta partida muestra que con menos recursos pero más determinación, se puede ganar.
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