Martina
Cuento 19

La Pieza que se Fue

Donde una dama de otro tablero llega con promesas brillantes, y Martina descubre que hay piezas que se van... y piezas que se quedan

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Aquella noche, Martina se durmió preguntándose una sola cosa: ¿por qué la gente se iba? No en el ajedrez. En la vida. En los clubes. En los equipos. Gente que entrenaba contigo, que compartía empanadas en los torneos, que te daba la mano después de ganarte o perder contra ti. Gente que un día recibía una oferta mejor y se marchaba. Sin despedirse. Sin mirar atrás. Como peones que llegan a la octava fila y se convierten en algo distinto. Algo que ya no te reconoce.

Se durmió con esa pregunta dando vueltas. Y cuando despertó en el Reino de las Sesenta y Cuatro Casillas, supo que la respuesta no iba a gustarle.

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El reino estaba extrañamente silencioso. No el silencio de la concentración. El silencio de la ausencia. Varias casillas estaban vacías. Piezas que normalmente estaban ahí... no estaban. Un alfil en c4, desaparecido. Dos peones en la columna d, evaporados. Una torre en h1, ausente sin aviso.

Peoncito la esperaba en e4. Su bigote estaba encerado, pero no con esmero. Con prisa. Como si se lo hubiera puesto mientras corría.

—Se están yendo —dijo sin preámbulos—. Piezas del Reino de la Luz. Se van a otro tablero. A otra dimensión. A un club nuevo que han montado no sé dónde. —Hizo una pausa—. Mi primo se ha ido.

—¿El de la rueda del carrito?

—Ese. Dijo que en el nuevo club le ofrecían ser torre directamente. Sin pasar por la octava fila. Sin esfuerzo. Sin esperar. —Peoncito bajó la voz—. Dijo que era una oportunidad. Que aquí no se valoraba a los peones. Que allí... —su bigote tembló—... allí tendría futuro.

—Los peones no tienen futuro sin esfuerzo —dijo Martina—. Tienen atajos. Y los atajos no coronan de verdad.

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La reclutadora estaba en el centro del tablero. Era una dama. Pero no una dama cualquiera. Era una dama de otro reino, de otro color, de otra dimensión. Su corona no era de luz ni de pañuelos: era de promesas. Brillaba con un resplandor falso, como el de esas monedas de chocolate envueltas en papel dorado que parecen oro pero saben a mentira.

—Únete —le decía a un caballo que Martina reconoció: era amigo del Caballo de Ŋ. Saltaba casi tan mal como él—. En nuestro club no tendrás que saltar en L. Saltarás como quieras. En diagonal, en recto, en espiral. Lo que te apetezca.

—Pero el salto en L es la esencia del caballo —dijo el caballo, dudando.

—La esencia es lo que tú decidas que sea. No lo que te impongan las reglas. Las reglas son para los que no tienen imaginación. —La dama sonrió. Una sonrisa de papel dorado—. Nosotros tenemos imaginación. Y presupuesto. Y torneos exclusivos. Y camisetas con nuestro logo. Mira qué logo —mostró un escudo—. Es un peón con alas. ¿A que mola?

La Dama Reclutadora ofreciendo falsas promesas de oro a las piezas
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—Los peones no tienen alas —dijo Martina, acercándose.

La dama giró. Su corona de promesas tintineó.

—Ah. La famosa Martina. He oído hablar de ti. —La evaluó de arriba a abajo—. Tú sí que serías un buen fichaje. ¿Te interesa? Te ofrezco tablero propio, apertura a elección y todas las empanadas que quieras. De las buenas. No de las de Torreta.

Martina sintió una oleada de furia. Pero no la mostró.

—No me interesa.

—¿No? —La dama arqueó una ceja—. Todos dicen eso al principio. Luego ven las ventajas. Y cambian de opinión. Como tu alfil exiliado. Como tu torre empanadera. Como...

—Torreta no se ha ido.

—Ah, ¿no? —La dama sonrió—. Ve a ver.

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Martina corrió —bueno, caminó rápido, que correr en un tablero infinito cansa— hasta la casilla c3. El carrito de empanadas estaba allí. Las empanadas también. Pero Torreta no.

En su lugar, un cartel clavado en el mostrador:

«Cerrado por oferta irresistible. Vuelvo cuando me den lo que me prometieron. O cuando me arrepienta. Lo que pase primero. — Torreta.»

Martina se quedó mirando el cartel. Peoncito, a su lado, no dijo nada. Pero su bigote se despegó completamente y cayó al suelo. Y por primera vez en diecisiete cuentos, Peoncito no lo recogió.

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Esa noche, los pocos que quedaban se reunieron en el castillo del Rey Blanco. Eran menos. Muchos menos. El Alfil Exiliado. El Caballo de Ŋ. El Reloj Parlante. Peoncito. La Reina Negra, que había venido con su certificado médico renovado y una expresión de «a mí no me ficha nadie, yo ya tengo reino propio». Y el Rey Blanco, que había salido del castillo por voluntad propia y no pensaba volver a encerrarse.

—Se han ido —dijo el Alfil Exiliado—. La dama les prometió diagonales infinitas. Peones que coronan sin esfuerzo. Caballos que saltan sin restricciones. —Hizo una pausa—. A mí también me lo ofreció. Dijo que en su club no hay colores vetados. Que podría moverme por las casillas blancas.

—¿Y por qué no te fuiste? —preguntó Martina.

—Porque las casillas blancas no me interesan. —El Alfil Exiliado se irguió—. Pasé cuatrocientos años quejándome de mi exilio. Pero ahora entiendo que mi exilio es lo que soy. Si me quitan la prohibición, me quitan la identidad. Y sin identidad, no soy un alfil. Soy... una pieza cualquiera.

—Eso es muy profundo —dijo Peoncito, que había recuperado el bigote y la dignidad.

—Gracias. Lo ensayé antes de venir.

—Se nota. Está bien ensayado.

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Martina se levantó. Miró a los que quedaban. Eran pocos. Pero eran los que importaban.

—No podemos obligar a nadie a quedarse —dijo—. Pero podemos demostrarles que quedarse vale la pena. No con discursos. Con ajedrez.

—¿Cómo? —preguntó el Caballo de Ŋ.

—Jugando. Contra ellos. En sus torneos. En sus tableros. En sus condiciones. Y ganándoles. No por venganza. Por honor. Para que sepan que el club al que se fueron no les da lo que perdieron. Porque lo que perdieron no se compra con promesas. Se gana con lealtad.

Hubo un silencio. Luego el Rey Blanco se puso de pie.

—Yo no sé jugar muy bien —dijo—. Aprendí a caminar hace poco. Pero sé aplaudir. Y pienso aplaudir cada partida que ganes. Que serán todas.

—No sé si serán todas —dijo Martina—. Pero serán muchas.

—Yo traeré empanadas —dijo una voz desde la puerta.

Todos giraron. Torreta estaba en la entrada del castillo, con el delantal puesto y una bandeja humeante.

—Pero... —empezó Peoncito—. ¡Tú te habías ido!

—Fui. Vi. Me ofrecieron un carrito más grande. —Torreta dejó la bandeja en la mesa—. Pero las empanadas no sabían igual. La masa no subía. El relleno no rellenaba. Era todo... industrial. Sin alma. Sin tomate de verdad. Sin albahaca de la buena. Así que volví.

—¿Y el cartel? —preguntó Martina.

—Lo dejé para el drama. Soy torre, no escritora. Pero algo tenía que aportar.

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Martina jugó una partida de exhibición esa noche. Contra la Reina Negra, que se ofreció voluntaria (y estornudó solo dos veces, un récord). Fue una partida de las que no se olvidan. De las que se juegan para demostrar algo más que una victoria. Para demostrar que quedarse merece la pena.

Martina jugando contra la Reina en el castillo blanco rodeada de amigos
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Jugó e4. La Reina Negra respondió c5. Martina desarrolló con furia controlada. La Reina Negra defendió con dignidad. En la jugada catorce, Martina sacrificó su alfil en b6 para atrapar a la dama. En la quince, invadió con su torre. En la dieciséis, capturó la última defensa en c8 y ganó la partida de manera incontestable. Los pocos que quedaban en el castillo del Rey Blanco miraban con los ojos muy abiertos. Peoncito se había subido a una silla para ver mejor y casi se cae dos veces.

Martina ganó. Con un plan preciso y una coordinación impecable. Demostrando que los que se quedan tienen la fuerza de la unión.

—Esto —dijo Martina, señalando el tablero— es lo que hacemos los que nos quedamos. Jugamos. Con lo que tenemos. Con los que estamos. Y ganamos. No siempre. Pero hoy sí. Y mañana también.

El Rey Blanco aplaudió. Torreta aplaudió con sus almenas. El Alfil Exiliado aplaudió con su mitra. El Caballo de Ŋ intentó aplaudir y se golpeó el hocico con la pezuña. Peoncito no aplaudió. Estaba demasiado ocupado apuntando algo en su libreta.

—¿Qué escribes? —preguntó Martina.

—La lista —dijo Peoncito—. De los que se fueron. Para cuando los encontremos en los torneos.

—¿Y qué vas a hacer con esa lista?

—Dársela a mi primo. Cuando volvamos a jugar contra él. Y decirle: «Te fuiste. Pero yo me quedé. Y mira lo que he aprendido.» —Se ajustó el bigote—. Y luego le ganaré. Con estilo.

Fin del decimonoveno cuento.
Continuará…

🏛️ El Secreto detrás del Cuento

A veces en el ajedrez, como en la vida, juegas con menos recursos de los que te gustaría. Pero con las piezas justas, bien coordinadas, y un plan claro, puedes ganar aunque el rival tenga más material. Reproduce esta partida táctica donde los que se quedan demuestran que la lealtad también puntúa.

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