Martina
Cuento 18

La Jugada que No Estaba

Donde Martina descubre que hay jugadoras que nunca se equivocan porque nunca piensan, y que el ajedrez moderno tiene más herramientas que un tablero y dos relojes

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El segundo torneo internacional llegó antes de lo esperado. O quizás Martina había estado tan ocupada jugando que no se había dado cuenta de que las semanas pasaban. El caso es que una mañana de octubre se encontró en otro polideportivo, con otras cien mesas, otros doscientos jugadores, y el mismo olor a café de máquina y concentración.

—Esto ya es rutina —dijo su papá, que esta vez llevaba el café caliente porque había aprendido a bebérselo antes de que se enfriara. Los padres también evolucionan.

—La rutina es el enemigo del ajedrez —dijo Martina—. Si te acostumbras, dejas de ver. Y si dejas de ver, pierdes.

Su papá la miró con esa mezcla de orgullo y desconcierto que era su expresión facial por defecto desde que Martina había empezado a jugar torneos.

—A veces me pregunto si tienes nueve años o noventa.

—Tengo nueve. Pero en ajedrez, la edad no existe. Solo existe la próxima jugada.

—Eso es muy profundo. ¿Lo leíste en internet?

—Lo inventé ahora. ¿Te gustó?

—Mucho. Pero me asusta un poco.

—A mí también. Es parte del encanto.

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Peoncito, desde el bolsillo, se estaba impacientando.

—Perdón, perdón. ¿Podemos dejar la filosofía para después? Que estoy incómodo. Tu bolsillo es muy pequeño. Y además huele a empanada vieja. ¿Era de Apertura Italiana o de Siciliana? Porque si es de Siciliana picante, me va a dar alergia.

—No tengo empanadas en el bolsillo.

—Entonces es el olor natural del bolsillo. Qué interesante. Huele a queso. ¿Los bolsillos siempre huelen a queso?

—Cállate, Peoncito.

—Me callo. Pero conste que el queso es un gran invento.

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El emparejamiento de la tercera ronda la mandó a la mesa 9. Su rival ya estaba sentada. Se llamaba Vera. Doce años. Quieta. Concentrada. Frente a ella, apoyada en la mesa, había una tableta apagada. Vera la miró fijamente antes de guardarla en la mochila. Como quien se despide de una amiga.

—Esa tableta —susurró Peoncito— estaba encendida hace un segundo. La he visto. Tenía un tablero en la pantalla. Con flechitas de colores. Como las que dibuja el Alfil Exiliado cuando analiza. Pero multiplicado por mil.

—Es un motor de ajedrez —dijo Martina—. Un programa que calcula jugadas. Como el pez del río. Pero en versión portátil.

—¿Eso es trampa?

—Antes de la partida, no. Es preparación. Como lo que hice yo contra Amanda en el cuento seis. Pero con esteroides.

Vera levantó la vista de la mochila. Sus ojos eran grises. No grises de tristeza. Grises de pantalla. Como si hubiera pasado tanto tiempo mirando un monitor que sus pupilas se hubieran adaptado al refresco de sesenta hercios.

—Juegas blancas —dijo Vera, y su voz era neutra. Sin emoción. Sin entonación. Como un motor que anuncia una evaluación.

Martina contra Vera y su motor de ajedrez
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Martina jugó e4. Vera respondió e5 en cero coma. Sin pensar. Sin dudar. Como si la jugada ya estuviera escrita antes de que Martina moviera. Martina jugó Cf3. Vera Cc6. Instantáneo. Martina jugó Ac4. Italiana. Vera respondió Ac5. Giuoco Piano. La línea más clásica. La más estudiada. La más analizada por todos los motores del planeta.

Durante las primeras doce jugadas, Vera fue perfecta. Literalmente. Cada movimiento era el mejor posible según cualquier computadora. Sin errores. Sin imprecisiones. Sin dudas. Martina sintió que jugaba contra una máquina. Una máquina de doce años con coleta y ojos grises.

—Esto es como jugar contra el pez —murmuró Peoncito—. Pero en vez de burbujas, responde con jugadas. ¿Cuándo la vas a sacar del libro?

—Ahora —dijo Martina.

Y jugó h4.

El peón de torre avanzó dos casillas en el flanco de rey. Una jugada que ningún motor consideraba la mejor. Ni la segunda. Ni la décima. Era una jugada humana. Creativa. Arriesgada. Inesperada.

Vera se detuvo. Su mano, que había estado moviéndose al ritmo de un metrónomo invisible, se quedó quieta. Sus ojos grises parpadearon. Una vez. Dos veces. Miró el tablero. Miró a Martina. Volvió a mirar el tablero.

💻 💻 💻

Pasaron treinta segundos. Cuarenta. Cincuenta. El reloj de Vera corría por primera vez en toda la partida. Martina la observaba con curiosidad. No con malicia. Con genuina curiosidad. ¿Qué hacía un jugador de motor cuando el motor no tenía respuesta?

Vera jugó d6. Una jugada sólida. Correcta. Pero ya no era instantánea. Ya no era perfecta. Era... humana. Había tenido que pensar. Y pensar era lo que los motores no podían enseñarle.

Martina continuó con su plan. g4. Otro avance de peón en el flanco. Tormenta de peones. Ataque al enroque. Las piezas blancas se lanzaban hacia adelante como una estampida. Vera intentaba defenderse, pero sus defensas eran de libro. Y el libro se había terminado en la jugada doce.

En la jugada dieciocho, Vera cometió su primer error. Un error pequeño. Una imprecisión. Movió su dama a c7 cuando debía haberla llevado a b6. Una diferencia sutil. Pero en ajedrez, lo sutil es lo que separa la victoria de la derrota.

Martina lo vio. Clavada. Alfil a g5. El caballo negro quedó inmovilizado. La dama negra, atrapada en c7, no podía defender. Las piezas blancas convergieron como una ola.

Cinco jugadas después, jaque mate.

💻 💻 💻

Vera se quedó mirando el tablero. Su rey caído. Sus piezas dispersas. Su tableta, en la mochila, apagada. No dijo nada. Pero sus ojos grises tenían algo nuevo. No era tristeza. Era confusión. Como si el mundo acabase de demostrarle que existían cosas que su motor no podía calcular.

—Buena partida —dijo Martina, tendiéndole la mano.

Vera la miró. Miró la mano. La estrechó sin fuerza.

—No entiendo —dijo—. Estudié esta línea. Mi motor me dijo que era sólida. Que no tenía agujeros. ¿Cómo has ganado?

Martina se sentó otra vez.

—Porque tu motor te dijo qué jugar. Pero no te dijo por qué. Y cuando yo jugué algo que no estaba en sus recomendaciones, te quedaste sin mapa. —Hizo una pausa—. Los motores son increíbles. Yo también los uso. Para analizar. Para preparar. Para entender dónde me equivoqué. Pero no juego como ellos. Juego como yo.

Vera frunció el ceño. Su primer gesto humano en toda la mañana.

—Pero el motor es mejor que yo. Lo sabe todo.

—El motor no sabe lo que es perder. No sabe lo que es dudar. No sabe lo que es arriesgarse sin red. Tú sí. Puedes aprender a sentir el tablero. El motor no.

Vera se quedó en silencio. Luego, muy bajito, dijo:

—¿Me enseñas?

Martina sonrió.

—Claro. Pero con una condición: no apagues el motor. Úsalo. Apréndelo. Pero luego apágalo y juega tú. Porque el motor no va a estar en el tablero cuando más lo necesites. Vas a estar tú.

💻 💻 💻

Después de la partida, Martina se sentó con Vera en un rincón del polideportivo. Sacó su propia tableta —sí, Martina también tenía una— y le mostró cómo analizaba sus partidas.

—Mira. Después de cada partida, pongo la posición en el motor y veo dónde me equivoqué. El motor me dice: «Aquí podías haber jugado mejor.» Y yo lo anoto. Y lo aprendo. Pero luego, cuando juego, no pienso en el motor. Pienso en lo que aprendí.

—¿Y si el motor dice algo que no te gusta?

—A veces el motor tiene razón. Y a veces no. —Martina señaló la pantalla—. Esta jugada que hice, h4, el motor dice que es la octava mejor opción. La octava. Pero a mí me gusta. Es mía. Y funcionó. No todas tus jugadas tienen que ser las mejores del mundo. Tienen que ser tuyas. Y tienen que funcionar.

Vera asintió lentamente. Sus ojos grises ya no eran grises. Eran... ¿marrones? Quizás siempre lo habían sido y el brillo de la pantalla los había engañado.

—¿Puedo preguntarte algo? —dijo Vera.

—Claro.

—¿Tú crees que mi estilo es... trampa?

Martina negó con la cabeza.

—Tu estilo es tu estilo. Hay jugadores que calculan más y jugadores que calculan menos. Hay jugadores que memorizan y jugadores que improvisan. Hay jugadores que usan motor y jugadores que no. Todos son válidos. Lo único que no es válido es no pensar. Y tú hoy, después de mi h4, pensaste. ¿Viste? Lo hiciste. Eras tú, no tu tableta.

Vera guardó silencio. Luego, por primera vez en toda la mañana, sonrió.

Martina y Vera analizando la partida juntas

—Entonces... ¿nos vemos en el próximo torneo?

—Nos vemos. Y trae el motor. Pero también tráete a ti.

💻 💻 💻

De vuelta en casa, Martina encendió su tableta y analizó la partida contra Vera. El motor le dijo que h4 no era óptima. Que había mejores. Que quizás en un futuro no debería jugarla.

Martina cerró la tableta.

—A veces —dijo— lo óptimo no es lo mejor.

Peoncito, desde la almohada, levantó la cabeza.

—Eso no tiene sentido matemático.

—Lo sé. Por eso funciona.

—El pez Stokfi se estaría ahogando si te oyera.

—El pez no se ahoga. Vive en el agua.

—Es una expresión. —Peoncito se ajustó el bigote—. A veces las expresiones no tienen sentido literal. Como tus jugadas. Como mi bigote. Como casi todo en este reino. Y sin embargo... —hizo una pausa—... funciona.

Fin del decimoctavo cuento.
Continuará…

🏛️ El Secreto detrás del Cuento

El Giuoco Piano o Juego Italiano es una de las aperturas más antiguas y respetadas. Sin embargo, en esta partida, Martina rompe con la teoría perfecta al jugar el avance marginal h4, seguido de una tormenta de peones en el flanco de rey con g4. Al sacar a la computadora (y a su rival) de sus líneas memorizadas, introduce el factor de la creatividad humana y el cálculo en vivo bajo presión.

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