El Pez del Río
Donde un pez aparece en el Gran Río Central, calcula todas las variantes del universo, y Martina descubre que saberlo todo no es lo mismo que entenderlo
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Aquella noche, Martina se durmió pensando en algo que le había dicho su profe: «Hoy en día, todos los jugadores usan computadoras. Analizan con Stockfish. Preparan líneas con Leela. Memorizan variantes que ni Tal se habría imaginado. No es trampa. Es el ajedrez moderno. Pero tienes que saber usarlo sin que te use.»
Martina no entendió del todo. ¿Cómo iba a usarte una computadora? Las computadoras no usaban a las personas. Las personas usaban las computadoras. Como usaban un lápiz. O un tablero. O una empanada para calmar el hambre antes de una partida. Eran herramientas. Y las herramientas existían para ayudar.
—Pero si dependes demasiado de la herramienta —le había dicho su profe— el día que no la tengas, no sabes caminar. Como el Rey Blanco. Ochocientos años en su castillo y luego no sabía mover un pie.
—El Rey Blanco aprendió —dijo Martina.
—Exacto. Porque alguien le enseñó. No porque tuviera un manual.
Despertó en el Reino de las Sesenta y Cuatro Casillas. Pero el reino estaba irreconocible. Las piezas no estaban en sus puestos. No había partidas en el centro. No había empanadas en el carrito de Torreta. Había una fila. Una fila larguísima. Una fila de peones blancos y negros, torres, alfiles y caballos, todos esperando pacientemente su turno frente al Gran Río Central.
—¿Qué es esto? —preguntó Martina.
Peoncito apareció a su lado. Llevaba un número en la mano. El 437.
—Es la cola para consultar al Pez —dijo, con voz de quien ya ha esperado demasiado y empieza a perder la fe en el sistema—. Llevo tres horas. El de delante es un caballo que quiere saber si su salto es correcto. El pez le ha dicho que no. El caballo ha preguntado por qué. El pez le ha dicho: «+0.32. El salto en L es subóptimo. Considere Ŋ.» El caballo casi se desmaya.
—¿El Pez?
Peoncito señaló hacia el río. En el centro exacto de las cuatro casillas de mercurio (d4, e4, d5, e5) flotaba un pez. No era un pez cualquiera. Era un pez plateado, con escamas que brillaban como la pantalla de una computadora al encenderse. Sus ojos eran dos tableros diminutos donde las piezas se movían solas a una velocidad imposible. No parpadeaba. Los peces no parpadean. Pero este, además, no respiraba. O respiraba datos. Era difícil saberlo.
—Se llama Stokfi —dijo Peoncito—. Apareció hace dos días. Nadie sabe de dónde viene. Unos dicen que lo trajo la Reina Blanca de un viaje interdimensional. Otros dicen que nació aquí, en el río, de tanto mercurio acumulado. El caso es que... lo sabe todo.
—¿Todo?
—Todo. Le preguntas cualquier posición y te dice la mejor jugada. Con evaluación numérica. Con variantes. Con profundidad. El otro día le pregunté cuál era la mejor apertura para un peón con bigote. Me dijo: «Ninguna. Los peones no eligen aperturas. Avanzan o mueren.» —Peoncito se ajustó el bigote, ofendido—. Es muy grosero. Pero muy preciso.
Martina se acercó al río. El pez flotaba en el centro exacto, rodeado de piezas que le lanzaban preguntas como quien lanza migas de pan a las palomas. Solo que en vez de migas eran posiciones de ajedrez.
—Stokfi —dijo un alfil nervioso—. ¿Es buena idea sacrificar en f7?
El pez burbujeó. Literalmente. De sus branquias salieron burbujas de mercurio que formaron números en el aire: «+1.47. Sacrificio recomendado si se sigue con Cg5+. En caso contrario, -0.83. Profundidad 28. Tiempo de cálculo: 0.03 segundos.»
—Gracias —dijo el alfil, y se fue corriendo a aplicar la sugerencia sin hacerse ni una sola pregunta.
Martina observó la escena con fascinación y un poco de alarma. Aquel pez era increíble. Calculaba en centésimas de segundo lo que un gran maestro tardaría horas en analizar. Era preciso. Era rápido. Era... frío.
—¿Y si le preguntas algo que no se puede calcular? —preguntó Martina.
—¿Como qué?
—Como cuál es la jugada más bonita.
Peoncito se quedó pensando. Luego se acercó al río, esquivó a tres peones que le pisaban los talones (literalmente, eran peones, pisaban todo) y le gritó al pez:
—Stokfi, ¿cuál es la jugada más bonita del ajedrez?
El pez se quedó quieto. Sus burbujas de mercurio titubearon. Por primera vez desde que había llegado, Stokfi no respondió inmediatamente. Pasó un segundo. Dos. Tres. Finalmente, burbujeó:
—«Error. Parámetro "bonita" no reconocido. Las jugadas se evalúan en centipawns, no en estética. Reformule la pregunta.»
—Ves —dijo Martina—. Lo sabe todo. Pero no entiende nada.
El Alfil Exiliado apareció a su lado. Estaba furioso. Su mitra echaba humo. O era vapor de la indignación. O era que se había acercado demasiado a Torreta friendo empanadas. Probablemente lo tercero.
—Ese pez —dijo— es una amenaza para el arte. Las piezas ya no piensan. Ya no sienten. Ya no dudan. Solo preguntan. «Stokfi, ¿debo avanzar?» «Stokfi, ¿es buena esta defensa?» «Stokfi, ¿por qué mi bigote no es simétrico?» —miró a Peoncito—. Esa última era para ti.
—Mi bigote es perfectamente asimétrico —dijo Peoncito—. La asimetría es estilo.
—Eso no significa nada.
—Significa que me gusta. Y el pez no puede calcular el gusto.
—Exacto —dijo el Alfil Exiliado—. El pez no puede calcular el gusto. Ni el miedo. Ni la belleza. Ni la emoción de un sacrificio que no sabes si va a funcionar. El pez te dice «+0.47». Pero no te dice «esta jugada te hará sentir vivo.»
Martina asintió. El Alfil Exiliado, por una vez, tenía razón. Y eso era tan raro que merecía ser registrado.
En ese momento, un peón negro se acercó al río. Era un peón distinto. Más alto. Más seguro. Llevaba una libreta llena de anotaciones y un lápiz en la mano. Bueno, en lo que sería su mano si los peones tuvieran manos. Lo llevaba en la cabeza, encajado entre el casco y la frente.
—Llevo dos días consultando a Stokfi —dijo el peón—. He memorizado doscientas treinta y siete posiciones. Cuarenta y tres aperturas. Diecinueve finales. Sé exactamente qué jugar en cada situación. —Hizo una pausa—. Soy invencible.
—¿Ah, sí? —dijo Martina—. Juguemos.
El peón negro la miró. Sus ojos brillaban con la seguridad de quien ha memorizado más variantes que días ha vivido.
—Acepto. Pero te advierto: conozco todas las líneas. Todas. El pez me las ha enseñado. No puedes sorprenderme.
—Ya veremos —dijo Martina.
Martina jugó e4. El peón respondió c5. Perfecto. De libro. Martina jugó Cf3. El peón d6. Perfecto. Martina jugó d4. El peón cxd4. Perfecto. Martina Cxd4. El peón Cf6. Perfecto. Martina Cc3. El peón a6. Perfecto. Najdorf. Cada jugada era idéntica a lo que Stokfi le habría recomendado.
—Hasta ahora —dijo Martina en la jugada nueve— has jugado exactamente lo que dicta el pez. No has pensado ni una sola vez. Solo has repetido.
—Repetir lo perfecto es perfección —dijo el peón.
—Repetir lo perfecto es memoria —dijo Martina—. Y la memoria se acaba donde empieza lo nuevo.
Y entonces Martina jugó una jugada que no estaba en los libros. Que no estaba en las burbujas de Stokfi. Que no salía en ninguna de las doscientas treinta y siete posiciones del peón. Una jugada extraña. Creativa. Arriesgada. Una jugada de Tal.
g4.
El peón negro se quedó inmóvil. Su libreta no decía nada sobre g4. Era una jugada de instinto. De feeling. De «me apetece». No era la mejor según Stokfi. Ni siquiera era la segunda mejor. Pero era inesperada. Y lo inesperado no se puede memorizar.
—Eso... —dijo el peón— no está en mis notas.
—Lo sé —dijo Martina—. Por eso la he jugado.
A partir de ese momento, el peón se desmoronó. No porque fuera mal jugador. Era bueno. Muy bueno. Pero solo era bueno cuando conoció el camino. Cuando el camino desaparecía, no sabía hacia dónde ir. No sabía improvisar. No sabía sentir el tablero. Solo sabía repetir.
En la jugada diecisiete, Martina tenía una ventaja decisiva. El peón negro intentó defenderse, pero sus defensas eran genéricas, sin alma, sin propósito. Movía piezas porque Stokfi le habría dicho que las moviera. Pero Stokfi no estaba en el tablero. Stokfi estaba en el río, calculando otras cosas, ajeno a la tragedia de su discípulo.
—Abandono —dijo el peón, y su voz era la de alguien que acaba de descubrir que su biblioteca no servía para navegar.
Martina se acercó a él.
—No has jugado mal —dijo—. Has jugado incompleto. Sabías qué mover. Pero no sabías por qué. Y el porqué es lo único que te salva cuando el qué desaparece.
El peón la miró. Sus ojos ya no brillaban. Pero tampoco estaban apagados. Estaban... pensando. Por primera vez en dos días, pensando.
—¿Puedo aprender a jugar sin el pez? —preguntó.
—Puedes aprender a jugar CON el pez —dijo Martina—. El pez no es malo. El pez es una herramienta. Te dice qué funciona y qué no. Pero luego tienes que decidir tú. Porque el pez no siente el tablero. Y tú sí. O puedes aprender a sentirlo.
Esa noche, Martina se acercó al río una última vez. Stokfi seguía flotando en el centro, calculando variantes, escupiendo evaluaciones. Incansable. Infinito. Preciso. Pero solo.
Se sentó en la orilla. El pez la miró —o hizo lo que fuera que los peces hacían para mirar— y burbujeó:
—«Has jugado g4. Evaluación: +0.68. No era la mejor jugada. La mejor era Ae3. Evaluación: +0.91. ¿Por qué no jugaste Ae3?»
Martina sonrió.
—Porque Ae3 era la jugada correcta. Pero g4 era MI jugada. Y a veces, lo correcto es menos importante que lo tuyo.
El pez se quedó en silencio. Sus burbujas titubearon otra vez. Finalmente, burbujeó:
—«Parámetro "tuyo" no reconocido. Pero... —las burbujas dudaron, algo que ningún pez ni ninguna máquina debería hacer—... interesante. Muy interesante. Seguiré calculando. Quizás algún día entienda. Profundidad insuficiente.»
Martina se levantó. Peoncito apareció a su lado, con el bigote recién encerado y una empanada en la mano. De las nuevas: «Empanada Stokfi», rellena de números. Torreta la había inventado esa misma tarde. «Sabe a datos —había dicho—. Pero con masa. La masa lo mejora todo.
—¿Sabes qué? —dijo Peoncito—. El pez calcula tres millones de jugadas por segundo. Pero no sabe lo que es un bigote. Así que, técnicamente, soy superior.
—Eres superior en bigote. Eso es indiscutible.
—Gracias. Me lo apunto.
Fin del decimoséptimo cuento.
Continuará…
🏛️ El Secreto detrás del Cuento
La Defensa Siciliana Variante Najdorf con 6. g4 es una línea sumamente agresiva e inusual. Al salir de los caminos trillados de la teoría tradicional de motores, las blancas fuerzan a su rival a pensar por sí mismo desde las primeras jugadas. Reproduce esta emocionante partida donde el instinto y la creatividad humana logran imponerse sobre la fría memorización del análisis de máquina.
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