Cazadora de Estrellas
Donde Martina recorre torneos con su lista y su determinación, y los que se fueron descubren que irse no es lo mismo que escapar
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La lista de Martina tenía catorce nombres. En los dos meses siguientes, tachó nueve. No siempre ganando —ganó siete, empató dos— pero siempre jugando. Siempre presente. Siempre recordándoles a los desertores, con cada jugada, que existía un club donde se jugaba por algo más que camisetas de halcón.
Quedaban cinco. Y el torneo de hoy era el último antes del verano. El más grande. El que reunía a todos los clubes de la región. Si Martina quería terminar la lista, era aquí.
El polideportivo era enorme. Doscientas mesas. Cuatrocientos jugadores. Un zumbido constante de relojes digitales y conversaciones en susurro. En la entrada, un estandarte de los Halcones del Tablero presidía la zona de descanso. Era grande. Dorado. Con un halcón dibujado que parecía más un pollo con ambiciones que un ave de presa.
—Ese halcón está mal dibujado —dijo Peoncito desde la mochila—. Parece una paloma. Una paloma con esteroides. Una paloma que fue al gimnasio y se pasó con las pesas.
—Cállate. Hoy es un día importante.
—Todos los días son importantes. Unos más que otros. Hoy es de los más. —Peoncito se ajustó el bigote—. ¿Lista?
—Siempre.
Primera ronda. Mesa 23. Martina vs. Marcos. Elo 1580. Marcado en la lista como: «Bueno en aperturas, malo en finales. Se pone nervioso si le aprietas el reloj. Una vez lloró cuando perdió una dama. Tenía once años. Fue incómodo.»
Martina jugó una apertura tranquila. Cambió piezas. Simplificó. Llevó la partida a un final de torres donde Marcos, efectivamente, no sabía qué hacer. Su reloj corría. El final se complicaba. Marcos empezó a mirar hacia la mesa de los Halcones, buscando ayuda que no podía recibir. No había motor. No había entrenador. Solo había un tablero y dos jugadores. Y de los dos, Martina era la que no se ponía nerviosa.
—Abandono —dijo Marcos en la jugada cuarenta y dos. Y Martina tachó el décimo nombre.
Segunda ronda. Mesa 11. Martina vs. Carla. Elo 1620. Anotación: «Juega la Siciliana como Amanda pero peor. Si la sacas de la Najdorf, se pierde. No sabe improvisar.»
Martina jugó una variante anti-Siciliana. Carla respondió como Martina esperaba: con las jugadas de libro. En la jugada nueve, Martina se desvió. h4. La misma jugada que le había hecho a Vera en el cuento dieciocho. La misma que ningún motor recomienda. La misma que funcionaba porque era humana.
Carla se quedó quieta. Su libro no llegaba hasta ahí. Veinte jugadas después, jaque mate. Martina tachó el undécimo nombre.
Tercera ronda. Mesa 7. Martina vs. Álvaro. Elo 1700. El más fuerte de los desertores. El que el club de los Halcones exhibía como su gran fichaje. El que había dicho, al irse: «Este club no va a ninguna parte.»
Martina lo recordaba. Lo recordaba bien. Esas palabras exactas. «Este club no va a ninguna parte.» Se las había dicho al profe mientras recogía sus cosas. Sin mirar atrás. Sin saludar. Como si el club fuera un envoltorio y él el caramelo.
Se sentó frente a él. Le sostuvo la mirada.
—Hola, Álvaro.
—Hola, Martina.
—¿Qué tal los Halcones?
—Bien. —Una pausa—. Me dan camiseta.
—A mí me dan algo mejor. Me dan un club.
La partida fue la más dura del día. Álvaro era bueno. Muy bueno. Jugaba con la seguridad de quien ha ganado más partidas de las que ha perdido. Pero Martina lo conocía. Había entrenado con él. Sabía que odiaba los sacrificios posicionales. Que prefería la iniciativa al material. Que en los finales complicados, dudaba.
Así que Martina sacrificó. Primero un peón. Luego una calidad. Luego otro peón. Álvaro aceptaba todo, confiado. Su posición era sólida. Su ventaja material, evidente. Pero su rey estaba en el centro. Y Martina tenía las piezas justas para atacar.
En la jugada cinco, Martina sacrificó la dama. Un sacrificio de los que te dejan sin aire. De los que la sala entera se inclina para ver si has perdido el juicio. De los que Tal habría aplaudido.
Álvaro capturó la dama con su alfil. Su mano tembló ligeramente. Sabía que algo se le escapaba. Pero no sabía qué.
Martina jugó Axf7+. Jaque de alfil. El rey fue a e7. Martina jugó Cd5 mate. Caballo y alfil. Las piezas menores. Las que nadie fichaba. Las que siempre se quedaban. Dando jaque mate.
Álvaro volcó su rey. Despacio. Sin decir nada. Martina tachó el duodécimo nombre. Y el más importante.
Después de la partida, Álvaro se acercó a ella. No llevaba la camiseta de los Halcones. La llevaba en la mochila. Doblada. Como algo que ya no quiere ponerse.
—Has mejorado —dijo.
—Sí.
—Mucho.
—Lo sé.
—Yo... —Álvaro miró hacia la mesa de los Halcones—. No sé si quiero seguir allí.
—Eso no lo decido yo —dijo Martina—. Lo decides tú. Pero si vuelves, tendrás que jugar contra mí todos los sábados. Y te voy a ganar. Muchas veces.
Álvaro casi sonrió. Casi.
—Al menos me avisas.
—Te aviso. Y te espero.
Esa noche, Martina terminó la lista. No todos los nombres estaban tachados —quedaban dos que no se habían presentado al torneo— pero ya daba igual. La lista no era lo importante. Lo importante era lo que había pasado mientras tachaba nombres.
Tres desertores habían vuelto al club. No por derrota. Porque vieron que Martina y los suyos no solo ganaban: disfrutaban. Y eso, disfrutar mientras ganas, es lo más difícil del ajedrez.
El club ya no tenía dieciocho jugadores. Tenía once. Pero once que se quedaban porque querían. No porque no tuvieran ofertas. Porque habían aprendido que las ofertas van y vienen, pero un club donde te esperan... eso no se encuentra en ningún logo de halcón.
Esa noche, Peoncito se instaló en la almohada con una empanada de celebración. De Apertura Italiana, por supuesto. Con doble peón coronado.
—Doce de catorce —dijo—. Es un ochenta y cinco por ciento de efectividad. Redondeando. No sé redondear. Pero suena bien.
—No es una competición —dijo Martina—. Es un club. Y el club sigue. Eso es lo único que importa.
—Eso es muy maduro.
—Soy madura.
—Eres insoportablemente madura. Pero me gusta.
Martina apagó la luz. En el reflejo de la ventana, una silueta de humo cerró un cuaderno nuevo. En la última página, una sola línea: «Cazadora de estrellas. Temporada completada. Continuará.»
Fin del vigesimosegundo cuento.
Continuará…
🏛️ El Secreto detrás del Cuento
Un sacrificio de dama para dar mate con piezas menores es una de las combinaciones más bellas del ajedrez. Como en la vida: a veces lo más valioso se sacrifica para que lo más humilde brille.
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