Martina
Cuento 15

El Último Capítulo

Donde la Sombra termina su cuaderno y Martina entiende que prepararse no es saber que vas a ganar, sino estar lista para lo que pase

♟️ Ver el entrenamiento ↓
▶️ ¿Prefieres escuchar la historia? Clic aquí para ver el Audiolibro Animado

Faltaban tres días para el torneo internacional. Tres días. Setenta y dos horas. Cuatro mil trescientos veinte minutos. Martina lo sabía porque lo había calculado mientras se cepillaba los dientes. Era incapaz de no calcular cosas. Era una enfermedad. Su papá le decía que se relajara. Ella le decía que relajarse era perder tiempo de cálculo. No se ponían de acuerdo nunca.

Esa noche, mientras se dormía, repasó mentalmente a sus rivales. Pablo. El tramposo del chicle. Estaría allí —siempre estaba en todos lados, como la arena de la playa, como los mosquitos en verano, como las galletas sin azúcar en las casas ajenas—. León. El genio silencioso. También estaría. Y otros. Muchos otros.

—Esto es más grande que cualquier torneo que hayas jugado —le había dicho su profe—. No esperes ganar. Espera aprender.

Martina había asentido. Pero por dentro, había pensado: «Espero las dos cosas.»

📖 📖 📖

Despertó en el Reino de las Sesenta y Cuatro Casillas. Pero no en el centro, como siempre. Despertó en el castillo del Rey Blanco. Y el castillo estaba irreconocible. Las puertas, abiertas de par en par. Las ventanas, sin cortinas. Y en la entrada, un cartel dibujado con marcador que decía: «GIMNASIO REAL — ABRIMOS LOS JUEVES — HOY NO ES JUEVES PERO ABRIMOS IGUAL.»

Dentro, el Rey Blanco, en chándal. Un chándal blanco con rayas doradas. Hacía estiramientos. O intentaba. Los reyes no tienen mucha flexibilidad. Es un problema de diseño.

—¡Martina! —saludó, sin dejar de intentar tocarse los pies—. Bienvenida al Gimnasio Real. El primer gimnasio del reino. Bueno, el único. Bueno, es mi castillo con una colchoneta. Pero el marketing es importante.

—¿Desde cuándo haces ejercicio?

—Desde que aprendí a caminar. Resulta que caminar cansa. ¿Quién lo diría? Ochocientos años sentado y ahora me duelen las pantorrillas. Es humillante. —Se incorporó—. Pero me dijeron que el dolor es debilidad saliendo del cuerpo. Así que debo de estar quedándome sin debilidad. A este ritmo, en un siglo seré invencible.

📖 📖 📖

La Sombra la esperaba en el centro del tablero. No estaba sola. La acompañaban el Alfil Exiliado, Torreta, el Caballo de Ŋ, el Reloj Parlante y Peoncito. Todos sentados en círculo. Como un comité. Como un consejo de guerra. Como una reunión de vecinos pero con más piezas y menos presupuesto.

Sobre las rodillas de humo de la Sombra descansaba el cuaderno. Cerrado. Completo. Las últimas páginas todavía desprendían un leve vapor, como si la tinta —o lo que fuera que usaban las sombras para escribir— estuviera fresca.

—Lo he terminado —dijo la Sombra, y su voz era más grave de lo normal—. Última página. Último capítulo. Después de esto, el cuaderno está completo. Me he quedado sin proyecto. Voy a tener que buscar otra cosa. Quizás la jardinería. —Hizo una pausa—. No. La jardinería no. Las plantas me discriminan.

—¿Qué dice el último capítulo?

La Sombra abrió el cuaderno por la última página y leyó en voz alta:

«En tres días, Martina jugará contra el tramposo que la derrotó con sus trucos. Y contra el genio que la venció con su precisión. No sé si ganará. No sé si perderá. No soy adivina. Soy una sombra que toma notas. Pero sé una cosa...»

La Sombra se detuvo. Cerró el cuaderno.

—¿Qué cosa? —preguntó Martina.

—Eso no lo he escrito todavía. Lo dejo en blanco. Para que lo escribas tú. Con tus jugadas. Con tus victorias. O con tus derrotas. Porque el último capítulo no es mío. Es tuyo.

Hubo un silencio. De esos que solo se hacen cuando alguien dice algo importante y los demás necesitan un segundo para procesarlo.

—Eso es muy poético —dijo Peoncito, rompiendo el silencio porque era incapaz de no romper silencios—. Y muy vago. Podrías haber dicho algo más concreto. «Ganarás por clavada en la jugada diecisiete.» Eso sería útil. Esto es... inspirador. Lo cual es bonito pero no sirve para preparar una apertura.

—Peoncito —dijo Torreta—, cállate y come empanada.

—No tengo empanada.

Torreta le lanzó una. De Apertura Italiana. Con peón coronado. Cortesía de la casa.

📖 📖 📖

Después de la merienda (porque toda reunión seria necesita merienda, dijo Torreta, y nadie se atrevió a llevarle la contraria a una torre con delantal), la Sombra desplegó el tablero de humo.

—Bueno —dijo—. Hora del entrenamiento. Hoy no es una partida normal. Hoy es una partida doble.

—¿Doble?

—Juegas contra mí. Pero yo no voy a ser yo. —La Sombra se partió en dos. Literalmente. Su silueta de humo se separó en dos mitades, cada una ocupando un lado del tablero—. Esta mitad —dijo la mitad izquierda, que era ligeramente más burlona— soy Pablo. El tramposo. Estornudos falsos, peones movidos, comentarios impertinentes.

—Y esta mitad —dijo la mitad derecha, que era ligeramente más precisa— soy León. El genio. Silencio, cálculo, precisión. Cero errores.

La Sombra dividiéndose en dos mitades de humo con estilos de juego opuestos frente a Martina

—Vas a alternar —dijeron las dos mitades al mismo tiempo, y fue profundamente inquietante—. Jugada par: estilo León. Jugada impar: estilo Pablo. Tú no sabes cuál va a tocar. Como en el torneo. Como en la vida.

—Eso es trampa —dijo Martina.

—Soy la Sombra —dijeron las dos mitades a la vez—. ¿Qué esperabas? ¿Un entrenamiento aburrido? Eso se lo dejo a tu profe.

📖 📖 📖

La partida comenzó. Y fue un caos.

Martina jugó e4. La Sombra (mitad León) respondió c5. Perfecta. Precisión milimétrica.

Martina jugó Cf3. La Sombra (mitad Pablo) jugó una variante extraña, una desviación que no estaba en los libros, acompañada de un comentario: «Interesante jugada. ¿Estás segura de que quieres hacer eso?»

Martina ignoró el comentario —había aprendido— y jugó d4. La Sombra (mitad León) respondió con una defensa impecable. La Sombra (mitad Pablo) contraatacó con un estornudo que movió dos peones. Martina los recolocó sin inmutarse.

—Está aprendiendo —dijo la mitad Pablo.

—Siempre aprendió —respondió la mitad León.

—No hablen entre ustedes —dijo Martina—. Son la misma sombra. Es rarísimo.

—Nos aburrimos —dijeron las dos mitades a la vez.

La partida avanzó. Martina se adaptaba, pero no era fácil. La mitad León la empujaba al límite de su cálculo. La mitad Pablo la sacaba de su zona de confort. Era como jugar dos partidas en un mismo tablero. Como bailar dos ritmos distintos con los mismos pies.

En la jugada diecinueve, Martina cometió un error. Confundió las sombras. Jugó contra León lo que debería haber jugado contra Pablo. Y perdió un peón. Un peón central. El peor tipo de peón para perder.

—Error —dijo la mitad Pablo, con regodeo—. Te he pillado. Has jugado precisa contra el tramposo y agresiva contra el genio. Justo al revés. Contra el tramposo hay que ser sólida. Contra el genio hay que ser creativa. Lo tienes cruzado.

Martina apretó los dientes. La Sombra tenía razón. Se había equivocado.

—¿Quieres repetir? —preguntó la Sombra, fusionándose de nuevo en una sola silueta.

—No —dijo Martina—. Quiero terminar esta. Aunque pierda.

—Eso —dijo la Sombra— es justo lo que necesitaba oír.

📖 📖 📖

Martina perdió la partida. No por mucho. Pero perdió. La Sombra —ambas mitades— la habían superado. Demasiados frentes. Demasiados estilos. Demasiado para una sola partida.

—Has perdido —dijo la Sombra, cerrando el tablero de humo—. Contra mis dos mitades. Como perderás si no estás preparada. —Hizo una pausa—. Pero has aguantado diecinueve jugadas antes del primer error. Eso es más de lo que aguantó el Alfil Exiliado contra León.

—Fueron catorce —dijo el Alfil Exiliado desde la banda—. Y ya lo hemos hablado. Prefiero no recordarlo. Estoy jubilado. Otra vez.

—Estás jubilado cada dos cuentos —dijo Torreta.

—Son jubilaciones tácticas. Vuelvo cuando hay empanadas.

📖 📖 📖

Esa noche, antes de dormirse del todo, Martina oyó la voz de la Sombra por última vez.

—El cuaderno está completo —dijo—. Pero la última página está en blanco. Te toca a ti. No te diré que vas a ganar, porque no lo sé. Ni siquiera yo, que he visto más partidos que nadie, sé lo que va a pasar. Lo único que sé es esto: vas a jugar. Contra el tramposo. Contra el genio. Contra quien sea. Y pase lo que pase, cuando vuelvas, la última página ya no estará en blanco. Estará llena.

—¿De qué?

—De lo que tú escribas. Con tus piezas. Sobre el tablero. Donde siempre.

Martina asintió en la oscuridad de su cuarto.

—Peoncito —dijo.

—¿Sí? —respondió una voz desde la almohada.

—¿Tú crees que voy a ganar?

Peoncito se tomó su tiempo. Algo raro en él. Normalmente respondía antes de que terminaran la pregunta.

—No sé si vas a ganar —dijo—. Pero sé que vas a jugar. Y jugar ya es ganar un poco. Y a veces un poco es suficiente. Y a veces no. Pero nunca es cero. Porque cero es no intentarlo. Y tú siempre intentas. Incluso cuando pierdes. Incluso cuando te hacen trampa. Incluso cuando el rival es mejor que tú. —Hizo una pausa—. Eso es lo que te hace Martina.

—Gracias.

—De nada. ¿Me prestas la almohada? La mía está muy lejos y soy un peón. No llego.

Fin del decimoquinto cuento.
Continuará…

🏛️ El Secreto detrás del Cuento

Entrenar contra estilos opuestos en una partida doble ayuda a desarrollar una tremenda adaptabilidad táctica. Para enfrentar a un rival tramposo debemos ser posicionales y sólidos, mientras que para sorprender a un genio de cálculo preciso debemos ser creativos y buscar amenazas dobles. Reproduce esta lección interactiva sobre cómo responder a amenazas complejas y encontrar recursos de doble filo que salven la partida ante cualquier estilo de oponente.

← Volver al inicio