Martina
Cuento 10

Lo Que No Se Ve en el Tablero

Donde Martina descubre que hay partidas que no se ganan con jugadas, pero tampoco se pierden con una derrota

♟️ Ver el histórico error de Fischer ↓

El torneo regional no era gran cosa. Un polideportivo pequeño, veinte mesas, olor a piso recién trapeado y a nervios de sábado por la mañana. Martina se sentó en la mesa 7, ajustó su reloj, miró a su alrededor. Todo normal. Demasiado normal.

Su rival llegó tarde. No mucho. Un minuto. Lo suficiente para que el reloj de Martina empezara a correr y ella tuviera que decidir si pulsarlo o esperar. Lo pulsó. No iba a regalar tiempo.

—Perdón, perdón —dijo el chico, dejándose caer en la silla con un suspiro teatral—. Es que el tráfico, no sabes, mi mamá se perdió tres veces, luego el GPS dijo «gire a la izquierda» y mi mamá giró a la derecha porque ella es de las que no confían en las máquinas, y luego no encontrábamos dónde aparcar, y luego el ascensor no funcionaba...

Martina lo observó. Pablo. Once años. Elo 1520. Gafas de sol puestas en la cabeza aunque estábamos bajo techo. Una sonrisa fácil. Demasiado fácil. El tipo de sonrisa que no pedía permiso para existir. Olía a chicle de fresa. Martina decidió en ese instante que desconfiaba de cualquier jugador que mascara chicle de fresa antes de una partida seria.

—No hay ascensor en este polideportivo —dijo Martina—. Es planta baja.

Pablo parpadeó. La sonrisa no se movió. Ni un milímetro.

—Ah. Bueno. La escalera mecánica, entonces.

—Tampoco hay.

—Detalles —dijo Pablo, e hizo una pompa de chicle que explotó con un chasquido impertinente—. Juguemos.

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Martina abrió con e4. Clásico. Agresivo. Su estilo. Pablo respondió e5. Simétrico. Martina jugó Cf3. Pablo Cc6. Martina Ac4. Apertura Italiana. Pablo respondió Cf6. Defensa de los Dos Caballos.

—Italiana —dijo Pablo, y no lo dijo como quien reconoce una apertura, sino como quien insinúa algo—. Clásica. ¿La juegas mucho?

Martina no respondió. Los rivales que hablaban durante la partida buscaban una cosa: desconcentrarte. Ella lo sabía. Lo había leído. «No entres en su juego. El tablero es tu única conversación.»

Jugó Cg5, atacando f7. La variante más agresiva de la Italiana. Pablo defendió con d5. Martina exd5. Pablo... no capturó.

En lugar de capturar el peón, Pablo jugó Cxd5. Una jugada extraña. No era la principal. No era la secundaria. Era una jugada de quien no conoce la teoría o de quien conoce demasiada teoría y quiere sacarte de tu zona de confort.

Martina frunció el ceño. Tenía una opción aquí: entrar en la variante del Fegatello (el «Ataque del Hígado Frito», que sonaba asqueroso pero era muy efectivo) o seguir una línea más tranquila.

En ese momento, Pablo estornudó. No fue un estornudo cualquiera. Fue un estornudo de teatro. De esos que sacuden la mesa, hacen temblar los relojes y provocan que tres jugadores de mesas vecinas levanten la vista con cara de «¿ha sido un terremoto?». El tablero vibró. Dos peones se movieron de sus casillas. El de d4 quedó en d5. El de e2 quedó... en e2, pero torcido, como si tuviera escoliosis.

—Ay, perdón —dijo Pablo—. Alergia. Primavera. ¿Tú no tienes alergia?

—No.

—Qué suerte. Yo soy alérgico a todo. Al polen. Al polvo. A los gatos. A perder. —Sonrió—. Es broma. Lo de los gatos es verdad. Lo de perder no sé, nunca me ha pasado.

Y mientras recolocaba las piezas —supuestamente—, Martina vio algo. Vio cómo su dedo rozaba el peón de d4 y lo dejaba media casilla más adelante. No era un movimiento ilegal. Era un ajuste. Un «compongo». Pero era un ajuste que cambiaba la posición ligeramente. Como si alguien te «arreglara» el peinado y te dejara flequillo sin preguntar.

—Ese peón estaba en d3 —dijo Martina.

—¿Segura? —Pablo sonrió—. Yo lo veo en d4. ¿Llamamos al árbitro?

Martina miró al árbitro. Estaba en la mesa 12, atendiendo una disputa sobre un reloj que no funcionaba. El reloj en cuestión marcaba las 47:83. Lo cual era imposible. El árbitro le estaba dando golpecitos como si eso fuera a arreglar algo. No iba a venir. Y aunque viniera, era su palabra contra la de Pablo. Y Pablo tenía una sonrisa de ángel y una excusa perfecta.

—Déjalo —dijo Martina, y recolocó el peón en d3 ella misma—. Seguimos.

—Como quieras —dijo Pablo, encogiéndose de hombros con una inocencia que habría engañado a un detector de mentiras y probablemente a dos detectores de mentiras y a un perro policía—. Tú mandas. Bueno, tú y el reglamento. Que a veces no se llevan bien.

Martina concentrada frente al tramposo Pablo, que mueve una pieza a escondidas mientras masca chicle
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La partida avanzó. Martina intentó concentrarse, pero Pablo no la dejaba. Cada dos jugadas, algo. Un suspiro que duraba demasiado, como si estuviera lamentando la muerte de un personaje en una telenovela. Un tamborileo de dedos que seguía el ritmo de una canción que solo él conocía. Una tos que empezaba floja y terminaba en crescendo, como un solo de ópera. Un «hmmm» saboreador. Y luego, cuando Martina estaba a punto de mover, Pablo soltaba:

—¿Esa es tu jugada? Interesante. Muy interesante.

No era un comentario. Era una aguja. Una aguja que pinchaba justo en el momento en que Martina iba a mover su mano. Y Martina dudaba. ¿Había visto algo que ella no veía? ¿Era un farol? ¿Era una trampa? ¿Era simplemente un niño con demasiado chicle y demasiado tiempo libre?

—Voy a pedirle al árbitro que te calle —dijo Martina.

Pablo alzó las manos, inocente. En sus palmas no había nada, pero su mirada sugería que escondía un as bajo la manga aunque llevara camiseta de manga corta.

—Solo estoy comentando. No hay regla que prohíba comentar. Bueno, sí la hay, artículo 11.5 del reglamento FIDE, pero no me ha visto nadie. —Sonrió—. Relájate. Es un juego.

—Es un juego con reglas.

—Las reglas son para los que no saben ganar sin ellas.

Y ahí Martina sintió algo. Un frío. Como si una sombra familiar acabara de pasar por encima del tablero. La grieta del cielo. La voz que susurraba: «¿Estás lista?»

«Existo en todos los torneos.»

Peoncito apareció en la casilla e4. Pero no estaba sentado como siempre. Estaba de pie. Rígido. Su bigote temblaba de indignación. En una mano llevaba un cuaderno diminuto donde había escrito «PRUEBAS CONTRA PABLO» con letra de peón (o sea, torcida). Debajo había una lista: «1. Llegó tarde. 2. Mintió sobre el ascensor. 3. Estornudó con mala fe. 4. Movió el peón. 5. Huele a chicle de fresa.» La última prueba era discutible como delito, pero Peoncito la había subrayado dos veces.

—Este chico es peor que la sombra —dijo—. La sombra al menos era sincera sobre sus trampas. Este las disfraza de accidentes. Es un tramposo con papeles en regla.

—Lo sé.

—¿Qué vas a hacer?

Martina respiró hondo. Muy hondo. Como si acabara de correr cien metros. Pero no había corrido. Había estado sentada. En una silla. Jugando ajedrez. Y sin embargo, estaba agotada.

—Voy a jugar.

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No fue su mejor partida.

Martina cometió un error en la jugada diecisiete. Movió su alfil a d3 cuando debería haberlo llevado a e2. Una diferencia sutil. Pero en ajedrez, las diferencias sutiles son las que separan la victoria de la derrota. El alfil en d3 bloqueaba la columna d, le quitaba movilidad a la dama, y dejaba un agujero en f2 que Pablo no tardó en explotar.

Pablo jugó Cg4, amenazando el peón de f2. Martina defendió con Df3. Pablo jugó Dh4. La dama negra entró como un cuchillo en mantequilla. Martina intentó reorganizarse, pero ya era tarde. La posición se había desmoronado. No por una combinación brillante de Pablo. Por un error de Martina. Un error que no habría cometido si hubiera estado concentrada. Pero no lo estaba. Llevaba diecisiete jugadas luchando contra dos rivales: Pablo y su propia frustración.

—Jaque —dijo Pablo en la jugada veintidós, y su voz era un ronroneo—. Y creo que mate en dos. ¿Quieres que te lo muestre o prefieres descubrirlo tú sola?

Martina miró el tablero. Df2+. Su rey estaba atrapado. Su dama estaba mal colocada. Su alfil en d3 era un estorbo. Tenía razón. Mate en dos.

Volteó su rey.

—Abandono.

Pablo sonrió. No la sonrisa de quien acaba de ganar una partida de ajedrez. La sonrisa de quien acaba de ganar otra cosa. Algo que no se mide en puntos de rating.

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Martina salió del polideportivo. Afuera hacía sol. Demasiado sol. Un sol insultante. Como si el universo no se hubiera enterado de que ella acababa de perder contra un tramposo.

Se sentó en un banco de la entrada. No lloró. Martina no lloraba por ajedrez. Pero sentía algo peor. Una mezcla de rabia, impotencia y... ¿vergüenza? No. No era vergüenza. Era frustración. Frustración de la buena. De la que quema por dentro pero no te destruye. De la que te hace apretar los puños y decir: «Esto no se queda así.»

Peoncito se sentó a su lado en el banco. O intentó sentarse. Los bancos no están diseñados para peones de cristal de quince centímetros. Así que se quedó de pie, apoyado contra la pata del banco, con el bigote ligeramente torcido por la indignación ajena.

—No fue justo —dijo Peoncito.

—Lo sé.

—Movió piezas. Habló durante la partida. Te distrajo. Te hizo dudar. Ese chico no ganó jugando. Ganó haciendo trampa.

—Lo sé.

—¿Y qué vas a hacer?

Martina se quedó en silencio. Luego se levantó. Se sacudió los shorts de vóley y se ajustó los lentes.

—Nada.

Peoncito casi se le cae el bigote. Literalmente. El extremo izquierdo se despegó tres milímetros. Él no lo notó. Estaba demasiado indignado.

—¿NADA? ¡Pero si te ha robado la partida! ¡Es un ladrón de puntos de rating! ¡Un pirata de escaques! ¡Un...

—Peoncito.

—...un filibustero del enroque! ¡Un corsario de la columna d! ¡Un atracador de la Apertura Italiana!

—Peoncito, ¿estás usando un diccionario de sinónimos?

—Me lo regaló Torreta por mi cumpleaños. No tengo cumpleaños, pero ella insistió. —Se ajustó el bigote—. Página 47. «Tramposo: véase también fullero, tahúr, trapacero, filibustero...» Es muy completo. Tiene hasta insultos en francés.

Martina negó con la cabeza, pero una sonrisa minúscula se le escapó por la comisura de los labios. Peoncito no la vio. O hizo como que no la veía. A veces los peones también saben cuándo callarse.

—Peoncito. ¿Qué puedo hacer? No hay pruebas. El árbitro no lo vio. Es su palabra contra la mía. Y su palabra tiene sonrisa de ángel y pompas de chicle. Si me quejo ahora, después de la partida, sin testigos, voy a parecer una mala perdedora. Y no soy una mala perdedora. Soy una buena jugadora que perdió contra un tramposo. Son cosas distintas.

Peoncito se quedó en silencio. Cerró su cuaderno de pruebas. Guardó el diccionario. Se acomodó el bigote, ahora perfectamente horizontal. Cuando Peoncito se quedaba en silencio, era porque había entendido. O porque se le había olvidado lo que iba a decir. Esta vez era lo primero.

—Entonces... ¿dejas que gane?

—No. Aprendo. Y la próxima vez que me lo encuentre, voy a estar preparada. Voy a saber que habla, que estornuda, que mueve piezas «sin querer». Voy a saber lo que hace. Y no voy a caer.

—Pero ha ganado hoy.

—Ha ganado una partida. No me ha ganado a mí.

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De vuelta en el polideportivo, Martina se encontró con su papá. Estaba en la grada, con un café frío en la mano y cara de haber visto toda la partida sin poder intervenir. Que es la peor cara que puede tener un padre en un torneo de ajedrez.

—Lo vi —dijo.

—Lo sé.

—Ese chico...

—Lo sé.

—Hablaré con el árbitro. Hay que denunciar estas cosas. Si no se denuncian, se repiten. Si se repiten...

—Papá —Martina lo miró—. Denunciar está bien. Hay que denunciar. Pero denunciar con pruebas. No con rabia. Yo no tengo pruebas. Solo tengo la certeza. Y la certeza no gana apelaciones.

Su papá la miró fijamente. Luego asintió. Despacio. Con orgullo y tristeza al mismo tiempo.

—Eres más madura que yo —dijo.

—Solo en ajedrez —dijo Martina—. En matemáticas voy raspando.

—En matemáticas vas bien.

—Raspando bien.

Martina estudiando de noche en su habitación con una empanada mágica y Peoncito observándola
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Por la noche, Martina se sentó frente a su tablero en casa. Reconstruyó la partida. Jugada por jugada. Encontró el error de la jugada diecisiete. Lo anotó en su libreta. Luego buscó la mejor continuación. La encontró. La memorizó.

A su lado, sobre la mesa, apareció una empanada que antes no estaba. Era de Apertura Italiana con tomate y albahaca. Acompañada de una nota diminuta, escrita con letra de almena: «Para la guerrera. Las derrotas saben mejor con masa. — Torreta (desde el reino, con amor).»

Martina mordió la empanada. Estaba deliciosa. La masa crujía. El tomate estaba en su punto justo. Por un momento, todo lo demás —Pablo, el estornudo, el peón movido— fue solo una anécdota. Una anécdota que sabía a albahaca.

El Alfil Exiliado apareció por la diagonal de la lámpara (las sombras también tienen diagonales, aunque sean más difusas). Traía una taza de algo humeante. Probablemente café. Probablemente robado de la cocina. Probablemente sin permiso. Los alfiles exiliados no piden permiso para nada.

—Hiciste bien —dijo—. No denunciar sin pruebas es maduro. Pero no olvidar es sabio. Y comerte una empanada de Torreta es terapéutico. Ella mete algo en la masa. No sé qué es. Llevo cuatrocientos años intentando averiguarlo.

—No voy a olvidar —dijo Martina—. La próxima vez que vea a Pablo, voy a jugar mi mejor ajedrez. Sin distraerme. Sin escucharlo. Sin dejar que una sonrisa de ángel me haga dudar de lo que veo en el tablero. Y si vuelve a hacer trampa...

—¿Lo denuncias?

—Le pido al árbitro que se quede en mi mesa toda la partida. Con una silla. Y un café. Y le digo: «Árbitro, este chico habla, estornuda de mentira y mueve piezas. Quédese aquí y véalo usted mismo.» Porque un árbitro que ve la trampa no necesita pruebas. Es testigo.

El Alfil Exiliado inclinó su mitra. Aprobación.

—Eres más lista que yo —dijo—. Y yo llevo cuatrocientos años de práctica.

—Es que no practiqué sola. Practiqué contra una sombra.

El Alfil no dijo nada. Pero su mitra se movió ligeramente. Como si entendiera algo que Martina no había dicho en voz alta.

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Antes de dormir, Martina apuntó en su libreta tres cosas:

1. La próxima vez que juegue contra Pablo, el árbitro se queda en mi mesa.
2. Si alguien me habla durante la partida, no respondo. Si insiste, paro el reloj y llamo al árbitro.
3. Las trampas existen. La gente mala existe. Pero el tablero sigue ahí. Y yo también.

Cerró la libreta. La guardó en la mochila. Y se metió en la cama con la sensación de haber perdido una batalla pero no la guerra. Porque la guerra no se ganaba en una partida. Se ganaba en todas.

—Hoy no gané —dijo en voz baja—. Pero mañana juego otra vez.

—Eso es lo que hacen los campeones —dijo Peoncito desde la almohada, donde se había instalado con su bigote recién encerado—. Los que solo ganan, no saben perder. Y los que no saben perder, no saben nada.

—Eso es profundo. ¿Lo leíste en algún lado?

—Lo inventé ahora. Me salió solo. Será el cansancio.

—Te salió bien.

—Gracias. Le puse bigote.

Martina sonrió y apagó la luz. Y mientras se dormía, pensó en la sombra. En la grieta del cielo. En Pablo y su sonrisa de ángel falso. Y en todas las partidas que jugaría mañana. Y pasado. Y el año que viene.

Porque el ajedrez no era ganar siempre.

Era volver siempre.

Fin del décimo cuento.
Continuará…

🏛️ El Secreto detrás del Cuento

Hasta los más grandes han sufrido la presión psicológica. En la Partida 1 del histórico "Match del Siglo" (Reikiavik 1972), Bobby Fischer cometió un error infantil (capturar el peón h2 con el alfil) debido a la inmensa presión, el estrés del entorno y su propia sobreconfianza. Aunque Spassky ganó esa partida tras la equivocación, Fischer volvió al tablero en los días siguientes, se recompuso y terminó ganando el Campeonato del Mundo. ¡Reproduce este famoso error psicológico y recuerda que lo importante es volver a intentarlo!

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